Texto inspirado en los cuentos "Clase" de Charles Bukowski, Tommy Oddie del blog Edad del Sol y Sólo hacía falta un jab del blog Historias de una cabeza perdida. Recomendado leerlos juntos.
https://edaddesol.wordpress.com/2016/03/23/tommy-oddie/
http://historiasdeunacabezaperdida.blogspot.com.co/
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Thomas se mareaba pensando en cómo salir de la comodidad de lo que sentía por la mujer de clase y la tortura que era ver el desfile de amantes todas las noches entrando a su cuarto, donde él quería estar. Sabía todas y cada una de las historias de esos hombres, ella misma se las contaba como hablando a través del puñal. Recordó las palabras que Rebecca le contó que el gran desconocido le había dicho a Ernie la noche en que lo noqueó:
Siempre recordaba esta frase porque no había logrado estar de acuerdo. Sí había alguien que podía vencer a todo el mundo, una única persona en el universo que podía hacerlo. Ella.
La había conocido cuando su madre compró la Old Kentucky Home en Asheville, y empezó a recibir residentes que les pagaban por cuarto y comida. Ella era la hija mayor de una de las familias que pasaron por la casa, los Dixieland, unos judíos que se quedaron por un período extendido, más de una o dos noches. Era la mujer con la que el sudor de sus manos se decidía a desaparecer rápido. Fueron amigos, y esa niña de sonrisa particular se volvió la de las conversaciones de madrugada a escondidas que, sin ni siquiera él ser consciente, iban a meterse entre sus letras. Se llamaba Sara.
Pero dejó de verla cuando se decidió a huir del mundo que lo intimidaba e irse a California a estudiar dramaturgia. Efectivamente, Tommy Oddie se convirtió, dentro de las paredes de Chapel Hill, en Thomas Wolfe, y toda su vida anterior, incluso ella, pareció borrada como borraba él las palabras que no le gustaban de sus escritos.
Su vida dio muchas vueltas, pero sin lugar a dudas, la más grande de todas fue cuando conoció a Rebecca M. Watts en El Camelódromo, y de ahí todo fue en picada. De ahí en adelante fue que conoció lo que era el delirio, la obsesión, descubrió por qué asocian el rojo con la pasión y la estupidez que puede llegar a tener un hombre enamorado.
Emborrachado en la pasión que sentía por Hellen, como la conocían los más allegados, y más aún en el absurdo instinto maternal que le profesaba (el cual nunca había podido entender y con el que había decidido conformarse), salía muchas veces en la noche alicorado completamente en el whisky fino que ella compraba, pero su borrachera no le permitía olvidarse de su libreta, en la que desataba la pasión que no podía desatar en el cuerpo de aquella mujer. Fue en una noche de esas que vio entrar a Hemingway y después Hellen (O Rebecca, para ustedes que sólo la están leyendo) le contó cómo habían hecho el amor al lado de un desmayado Henry Chinaski.
Curiosamente, en esas noches de desahogo, siempre llegaba a su mente el mismo recuerdo de su infancia. Ella.
En uno de sus viajes a Europa, después de conocer a Hellen, quién sabe si en Inglaterra, Francia, Italia, Suiza o quién sabe dónde, la había vuelto a ver. Sara Dixieland. Entre personas comunes y corrientes. Se le acercó y no hizo falta nada para que ambos se reconocieran de inmediato, fue como volver al comedor iluminado por velas en el que se sentaban a hablar a escondidas hasta altas horas de la madrugada. No dudaron en quedarse contactados y seguir escribiéndose. La comunicación entre ambos se hizo más frecuente cuando ella debió volver a los Estados Unidos huyendo de los ataques a los judíos en Europa.
Ella lo sabía todo. Sabía de su amor loco por Hellen, de su vida de bohemio, sus éxitos para el mundo y sus fracasos para sí mismo. No hubo un día en que ella reprochara sus pasiones no correspondidas a la mujer de clase, y eso era lo que a Thomas siempre lo tranquilizó de hablarle. Era como volver al pedacito de Asheville que no lo hacía palidecer. A la eterna fidelidad de la amiga confidente que parecía más un ángel del cielo que ser humano cuando sacaba la guitarra y empezaba a cantar las canciones que escribía combinadas con pequeños fragmentos de sus novelas publicadas.
Ella podía vencer a todo el mundo, y hubo días en que quiso buscar a Henry Chinaski sólo para decírselo, ni siquiera para pegarle un puñetazo por la noche de sexo salvaje que tuvo con Hellen.
Tal vez fue por eso, por esa razón que sólo Thomas Wolfe sabía, que fue ella y no Hellen la que quedó con todos sus manuscritos cuando él murió. Los periodistas le preguntaron a Rebecca M. Watts por ellos y en el mismo instante en que ella respondía que no sabía de su paradero, estaba Sara Dixieland, la mujer de la cabellera negra como el mantel de la noche, leyéndolos en su casa en las afueras de California, suspirando el amor frustrado que le tuvo al niño Tommy Oddie cuando vivió en la casa de su madre cuando eran pequeños.

