domingo, 17 de abril de 2016

Ella, sólo ella.



Texto inspirado en los cuentos "Clase" de Charles Bukowski, Tommy Oddie del blog Edad del Sol y Sólo hacía falta un jab del blog Historias de una cabeza perdida. Recomendado leerlos juntos.

https://edaddesol.wordpress.com/2016/03/23/tommy-oddie/
http://historiasdeunacabezaperdida.blogspot.com.co/


Thomas se mareaba pensando en cómo salir de la comodidad de lo que sentía por la mujer de clase y la tortura que era ver el desfile de amantes todas las noches entrando a su cuarto, donde él quería estar. Sabía todas y cada una de las historias de esos hombres, ella misma se las contaba como hablando a través del puñal. Recordó las palabras que Rebecca le contó que el gran desconocido le había dicho a Ernie la noche en que lo noqueó:

"Eres un buen tipo, Papá. Pero nadie puede vencer a todo el mundo."

Siempre recordaba esta frase porque no había logrado estar de acuerdo. Sí había alguien que podía vencer a todo el mundo, una única persona en el universo que podía hacerlo. Ella.


La había conocido cuando su madre compró la Old Kentucky Home en Asheville, y empezó a recibir residentes que les pagaban por cuarto y comida. Ella era la hija mayor de una de las familias que pasaron por la casa, los Dixieland, unos judíos que se quedaron por un período extendido, más de una o dos noches. Era la mujer con la que el sudor de sus manos se decidía a desaparecer rápido. Fueron amigos, y esa niña de sonrisa particular se volvió la de las conversaciones de madrugada a escondidas que, sin ni siquiera él ser consciente, iban a meterse entre sus letras. Se llamaba Sara.


Pero dejó de verla cuando se decidió a huir del mundo que lo intimidaba e irse a California a estudiar dramaturgia. Efectivamente, Tommy Oddie se convirtió, dentro de las paredes de Chapel Hill, en Thomas Wolfe, y toda su vida anterior, incluso ella, pareció borrada como borraba él las palabras que no le gustaban de sus escritos.


Su vida dio muchas vueltas, pero sin lugar a dudas, la más grande de todas fue cuando conoció a Rebecca M. Watts en El Camelódromo, y de ahí todo fue en picada. De ahí en adelante fue que conoció lo que era el delirio, la obsesión, descubrió por qué asocian el rojo con la pasión y la estupidez que puede llegar a tener un hombre enamorado.


Emborrachado en la pasión que sentía por Hellen, como la conocían los más allegados, y más aún en el absurdo instinto maternal que le profesaba (el cual nunca había podido entender y con el que había decidido conformarse), salía muchas veces en la noche alicorado completamente en el whisky fino que ella compraba, pero su borrachera no le permitía olvidarse de su libreta, en la que desataba la pasión que no podía desatar en el cuerpo de aquella mujer. Fue en una noche de esas que vio entrar a Hemingway y después Hellen (O Rebecca, para ustedes que sólo la están leyendo) le contó cómo habían hecho el amor al lado de un desmayado Henry Chinaski.


Curiosamente, en esas noches de desahogo, siempre llegaba a su mente el mismo recuerdo de su infancia. Ella.


En uno de sus viajes a Europa, después de conocer a Hellen, quién sabe si en Inglaterra, Francia, Italia, Suiza o quién sabe dónde, la había vuelto a ver. Sara Dixieland. Entre personas comunes y corrientes. Se le acercó y no hizo falta nada para que ambos se reconocieran de inmediato, fue como volver al comedor iluminado por velas en el que se sentaban a hablar a escondidas hasta altas horas de la madrugada. No dudaron en quedarse contactados y seguir escribiéndose. La comunicación entre ambos se hizo más frecuente cuando ella debió volver a los Estados Unidos huyendo de los ataques a los judíos en Europa.


Ella lo sabía todo. Sabía de su amor loco por Hellen, de su vida de bohemio, sus éxitos para el mundo y sus fracasos para sí mismo. No hubo un día en que ella reprochara sus pasiones no correspondidas a la mujer de clase, y eso era lo que a Thomas siempre lo tranquilizó de hablarle. Era como volver al pedacito de Asheville que no lo hacía palidecer. A la eterna fidelidad de la amiga confidente que parecía más un ángel del cielo que ser humano cuando sacaba la guitarra y empezaba a cantar las canciones que escribía combinadas con pequeños fragmentos de sus novelas publicadas. 


Ella podía vencer a todo el mundo, y hubo días en que quiso buscar a Henry Chinaski sólo para decírselo, ni siquiera para pegarle un puñetazo por la noche de sexo salvaje que tuvo con Hellen.


Tal vez fue por eso, por esa razón que sólo Thomas Wolfe sabía, que fue ella y no Hellen la que quedó con todos sus manuscritos cuando él murió. Los periodistas le preguntaron a Rebecca M. Watts por ellos y en el mismo instante en que ella respondía que no sabía de su paradero, estaba Sara Dixieland, la mujer de la cabellera negra como el mantel de la noche, leyéndolos en su casa en las afueras de California, suspirando el amor frustrado que le tuvo al niño Tommy Oddie cuando vivió en la casa de su madre cuando eran pequeños.



domingo, 3 de abril de 2016

Amor Pluvial

Escrito a partir del cuento "Mala Suerte" de Antón Chéjov

"No me des explicaciones" 
replicó, alterado el padre, 
respondiéndole a una madre 
que con sus conversaciones 
ofrecía soluciones 
a su metida de pata. 
"Ya la ira me arrebata" 
dijo el padre emocionado.
Fue al instante reprochado 
por su escenita barata.

"No me vengas con bobadas 
que yo a ti ya no te creo" 
dijo ella en tono feo 
para dar bien la estocada. 
"Ya no quiero saber nada 
de tus cuadros de escritores... 
ya se han ido tres amores 
pretendientes de mi hija 
cada vez que no te fijas 
dónde cuelgas tus señores".

El combate así siguió 
algo más de un par de meses...
rechazaron 3 franceses 
(sin contar el que escapó) 
Y el amor nunca llegó 
al hogar de los retratos. 
Se casó primero el gato 
con un perro juguetón, 
y la hija de Peplov
agotó sus candidatos.

Dice el cuento que hubo un día 
(ya la niña con cincuenta) 
que pasó una gran tormenta 
por el bosque en que vivía. 
Nunca más se le vería. 
Lo que cuenta la leyenda 
es que Nata en una venda 
envolvió sus tiernos ojos, 
y entregóse con arrojo
a la lluvia como ofrenda.
03/04/2016


Visitante inesperado

Escrito a partir del tema "Un gancho de grapadora". Por Natalia.
 
 
-¡Qué día doloroso! No hay nombre para lo que tengo, no sé qué es. Son ganas de gritar y llorar, como una punzada que sube desde la planta de los pies a la cabeza, llenando todo el cuerpo. Pero no sé cómo llamarlo.

Los pasos casi tengo que darlos más cortos, porque no soporto apoyar mis pies en la tierra que parece no quererme hoy, y desespero por flotar en vez de tocar el suelo. No quiero hacer nada si debo hacerlo con este dolor agudo, repentino y pasajero. Este dolor que no me deja en paz y que vuelve cada vez que creo que ya se va.

Me pongo de pie. Intento enfrentar de nuevo a la vida, pero ahí está, fuerte, esa sensación de no poder seguir que me derrumba y me hace correr más rápido la sangre. ¿Qué es lo que tengo? ¡¿Qué es lo que me está agotando el aliento, la tranquilidad, la vida del día de hoy?!.

Y no sé dónde está la solución. Esta extraña chispa que viene de adentro y borra la sonrisa de mi cara se vuelve más fuerte, más constante y es insoportable para mí, para mi cuerpo herido, mi corazón extrañado y mi mente desesperada. No sé qué hacer para seguir adelante y ahuyentar el dolor, así que tendré que retroceder mis pasos. Vuelvo a casa para descansar, sentarme a respirar y olvidar la profunda herida que no me deja tranquila.-

Dijo la mujer que al llegar a su casa y quitarse los zapatos, encontró dentro de uno de ellos un gancho de grapadora patas arriba.

Sin nada

Escrito a partir del tema "Un gancho de grapadora". Por Sara.
 
 
 
Era domingo. Despuntaba el sol sobre la estación. Ya pronto eran las 11. El tren se pondría en movimiento en 15 minutos. Por los parlantes salía una voz femenina. Llamaba a los pasajeros con destino a P.
 
Él llevaba una chaqueta café. Ella un vestido de margaritas. Él tenía los papeles en la mano. Ella no llevaba nada. Él se acerca a la taquilla. La mujer de la cabina le recibe el pasaporte. Grapa el tiquete al recibo de pago. Lo hace mal. Se pincha el dedo. Sangra. Debe repetir el proceso. Ella está impaciente. No imaginó que sus últimos minutos juntos serían así. Viendo como una mujer seca la sangre con una servilleta.
 
Vuelven a la posición inicial. Muchos pasajeros les pasan por el lado. Cada uno con ideas y planes en la cabeza. En cambio en sus mentes no hay nada más que este momento. Ya han pensado demasiado antes de hoy. Ahora todo está en pausa. Ella le mira los lunares del brazo. Él le acomoda el cabello. Ella no quiere levantar la mirada. Ya son muchas noches en vela y se le nota en los ojos. Quiere descifrar que piensa él pero hay mucho ruido afuera.
 
Los pasajeros se ponen en fila junto al vagón. Es la última llamada. Ella inhala profundo. Aquí no hay comas ni puntos seguidos. Aquí no hay suspiros que permitan evadir el mundo. El mundo es ahora y ella lo sabe. El mundo es ese tren a punto de arrancar. Ya no hay tiempo para decir lo que se calló. Ahora a echar a suertes que él entienda su mirada. Vencen el miedo. Se miran. Se entienden. Se aman.
 
Él pone sus brazos alrededor de su cintura. A ella le gusta como encaja perfecto su cabeza bajo la de él. Ella no quiere exhalar. No quiere empapar la chaqueta. Él le da un beso en la frente. Ella le recibe el mundo. Él parte hacia el vagón. Muestra el tiquete y lo guarda. Ella da media vuelta. Él ya no alcanza a ver su cara. Él no tiene nada en las manos. Ella se va con él en el alma.

Paredes verdes

Escrito a partir del tema "El sueño". Por Sara.



Aquí cuando el alba despunta sobre la montaña,
los ojos del alma no se inmutan y aún duermen,
aquí las líneas curvas no aparecen
y los cuerpos acarician las paredes verdes.
Aquí donde el credo solo vive en el papel
y las grietas guardan gritos ahogados del ayer,
de pasados inundados de miserias,
de juramentos en vano por no volver.
Aquí con tres pastillas creen encender al cuerpo
que hacen olvidar los recuerdos y la esencia,
por los desagües se van las ilusiones desvestidas
y éstas arrastran palabras que hoy son carencias.
Aquí el sueño no vale más que una realidad,
lo amarraron en la entrada, lo dejaron en exilio,
lo alimentan con despojos, agua, pan y desazón
y con supuesta razón, lo alejaron del delirio.
¡Desde el patio la locura grita desesperada!
Le dice que se estremece porque no duerme en su cama,
le canta nanas que los de bata no entienden,
susurra arrullos para que el sueño resuene.
Aquí pasan por mi lado entes caminantes,
yo me lleno de valor y los miro fijamente,
más allá de las tabletas sé que hay almas que aún sueñan
y que por estar dormidas creen que ya son dementes.
Así que arpegio palabras,
bailo sobre las pestañas,
le pinto el cielo amarillo,
sublimo, rimo y sonrío.
Desde aquí, con un cuarto de esperanza,
le hablo al vacío que se ha vuelto hiriente,
pongo a mi juicio en la horca,
con tal de que el sueño despierte.

La llegada soñada

Escrito a partir del tema "El sueño". Por Natalia.
 
 
 
El pequeño Juan, acostado en su cama, tenía los ojos bien abiertos. Ya no era tan pequeño como antes, un año había hecho grandes cambios en él, tenía el pelo más cerca al suelo y la cabeza más cerca al cielo, no usaba ya sus gafas y podría decirse, si se le hacía caso a sus tías, que tenía los labios un poquito más rojos. Era un niño en un cuerpo de joven.
 
Había pasado la noche entera despierto, estaba ansioso. Sabía perfectamente que ese era el día en que llegaba el hombre que hacía mantenimiento a las campanas de la iglesia una vez al año. Pero Juan no lo esperaba a él, estaba esperando a Alena, su hija. Aquella niña con el pelo castaño que siempre usaba su cinta en el pelo. Sus amigos de la escuela supieron que esa niña de ojos grandes le había gustado desde la primera vez que la había visto sentada en las escaleras de la iglesia esperando a su padre cinco años atrás. Él no les hacía caso, los ignoraba porque ellos decían que le había gustado, pero no, no era así, él la había querido.
 
En vela toda la noche porque cada año, los doce meses se hacían más largos. No es que hubiera querido, simplemente no podía dormir pensando en cuál flor exactamente cortarle para regalársela, en qué camino tomar para llegar más rápido a la iglesia a verla y en qué canción ir cantando mientras la pensaba. Desesperado por oír la voz de su madre, esta por fin sonó y más se demoró ella en llamarlo que él en estar dentro de la ducha. Media hora después estaba peinado, perfumado y vestido con su camisa azul a cuadros y su pantalón negro azabache.
 
Salió con una sonrisa más grande que la luna llena de su noche en vela, caminando más rápido de lo que podía controlar. Juan era el chico más bueno del pueblo, todos lo querían porque no dejaba de reír y darle una mano al que lo necesitara. Como a la mujer de la tienda de verduras, la primera que lo saludó, o el dueño del teatro, que siempre lo invitaba a conocer a los actores que llegaban de otros lugares. Pero hoy sus buenos modales le iban a jugar una mala pasada. Sin haber pasado diez minutos de haber salido, oyó llorar a Javi, el hermano menor de su mejor amigo. Se decidió a pasar sin hacerle caso… hasta que oyó el sonido hacerse más fuerte. Alzando al cielo los ojos, como reprendiéndose por no poder ignorarlo, se devolvió y se sentó a su lado a preguntarle qué le pasaba. Como respuesta, el niño le señaló el suelo donde había caído su helado de fresa. Viendo que sus palabras de consuelo no servían, Juan sacó algunas de las pocas monedas que tenía en su bolsillo y cruzó la calle para regalarle uno nuevo. Cuando, como por arte de magia, el llanto del niño se fue, Juan siguió su camino caminando más rápido.
 
Ya iba más adelante, no se dio cuenta en qué momento caminó tanto, iba muy distraído pensando en la sonrisa de Alena, que pocas veces se animaba a mostrar sus dientes. Pensando en cómo se iba a reír con el girasol que él le iba a regalar…  ¡El girasol! Paró en seco. ¡Lo había olvidado por completo! Por suerte, no se había adelantado mucho de la casa de la Señora Rosario, quien tenía el jardín más grande del pueblo, lleno de girasoles, cada uno más grande que otro. Se devolvió rápidamente, a esa hora la Señora Rosario no debía estar en su casa, sino visitando a su esposo en el hospital, así que tomaría la flor sin preguntar. Se agachó con cuidado de no ensuciar su pantalón y con el mismo cuidado agarró el tallo del girasol más amarillo que encontró. Iba a hacer fuerza para sacarla de la tierra y escuchó un ruido fuerte, algo así como una puerta cerrándose de golpe. Con temerosa lentitud, alzó su mirada y trató de tapar con sus manos la flor recién arrancada, todo para encontrarse con la mirada amenazadora de la Señora Rosario, que no le dio tiempo para pensar antes de gritarle, ni él le dio a ella tiempo de moverse antes de echar a correr. Juan nunca había corrido tan rápido y al mismo tiempo con tanto cuidado en su vida, quería escapar pero no quería echar a perder el girasol. Preocupado, escuchó ladridos de perros tras él, ahora ya podía estar perdido, o eso pensó hasta que llegó a una calle en la que podía voltear, sin pensarlo dos veces volteó y se quedó pegado a la pared respirando agitado hasta que sintió los perros pasar de largo. Estaba a salvo, pero se había atrasado en su camino.
 
Tomó aire para volver a correr y llegó hasta la esquina en donde había acordado encontrarse con su madre. Ahí la vio parada. Feliz, supo que encontrarse con ella quería decir que la próxima parada era la iglesia, y allí, esperando paciente, iba a estar Alena. Juan tomó la mano de su madre anheloso, y sintiendo cómo su corazón se aceleraba, emprendió camino con ella. Ahora empezaba a sentir ese cosquilleo en el estómago que siente uno cuando quiere alargar más los momentos felices. Cuando estaban a sólo una cuadra, apretó más la mano de su madre… pero la apretó mucho más fuerte cuando ella volteó a la izquierda, desviándose, y lo llevó con ella. “Debó ir a comprar una nueva tela para las faldas”, fueron las palabras que le dieron ganas de tirarse al suelo a llorar. Veinte minutos más y el padre de Alena saldría a descansar y se la llevaría al café de la montaña a tomar algo, y él llegaría a ver sólo sus sombras alejándose. De mala gana, acompañó a su madre, no sin apurarla cada vez que pudo, y si no hubiera sido por una confusión de monedas y billetes, hubiesen sido cinco minutos menos con el señor del algodón.
 
Pero finalmente, llegaba a la iglesia, con una mano en la mano de su madre, y otra en el tallo del girasol, ya veía al padre de Alena en lo alto escondido dentro de las inmensas campanas. Estaba a tan sólo metros de la niña bajita de pelo liso, cinta blanca, vestido verde y ojos de avellana grandes; con la que había soñado despierto por tantos días haciendo la cuenta regresiva. Estaba cansado, pero feliz. Subió las escaleras pero no la vio, tenía que estar dentro y su madre lo sabía, porque hacia allí se dirigió. Adentro estaban sus amigos de la escuela, que sabían perfectamente por qué estaba él allí. Quería cerrar los ojos para soprenderse más cuando la tuviera cerca…
 
Cuando Juan y su madre llegaron a las primeras bancas de la iglesia, tuvieron en frente a una pequeña niña, que olía a lugares lejanos y hermosos.
 
“Mírala Juan, ahí está, es ella. Salúdala” dijo su madre, y lo repitió unas dos veces. Pero cuando la madre de Juan, sin oír respuesta, volteó la cabeza, vio primero un girasol caído en el suelo y después a su pequeño hijo con los ojos cerrados, dormido profundamente, como quien ha pasado la noche entera sin dormir.

Décimas Soporíferas o Décimas Tan Aburridas que Provocan Ganas de Dormir

Escrito a partir del tema "El sueño". Por Camilo.



No es muy bueno el panorama 
que las cosas hoy me pintan. 
Las sonrisas que hoy entintan 
son la máscara del drama, 
que, aunque traigan mucha fama 
de sonriente encantador, 
no son más que un buen rubor 
disfrazante de las manchas. 
No pequeñas, sí muy anchas, 
que "definen un señor".

"Enredado en ajenismos".
Así debí comenzar. 
O "En lo Ajeno fui a Parar"
no es igual, pero es lo mismo. 
Pero más puede el cinismo 
del que sabe que se pierde, 
que las ansias que se muerden 
por decir un par de cosas 
de las feas, dolorosas...
pero no me lo recuerde.

Pero el tema principal 
no ha salido aún a flote, 
y más vale que no explote, 
no me vaya a salir mal. 
Es que fue muy desigual 
el comienzo del escrito, 
pero espéreme un ratito 
yo me encargo de cuadrarlo, 
o sino de encuadernarlo 
y dejarlo guardadito.

Ya no más, no más espera, 
hay un punto qué tratar 
y es momento de arrancar.
De una cosa hablar quisiera, 
y no encuentro la manera 
que resulte más precisa, 
más amena, más concisa, 
más legible, más amable, 
menos dura, más palpable, 
que no cause tanta risa.

Es deber del soñador 
abandonar sus retrasos. 
Yo ya he dado el primer paso, 
¿el segundo? / ahí va, señor.
Una noche de calor 
seguro provocaría 
una loca "epidemía" 
de insomnes ciudadanos 
dando vueltas, cual marranos. 
¡Qué espectáculo, Dios "Mía"!

Porque nunca ha de faltar 
en la cama de un buen "damo", 
la presencia de aquel amo 
que lo deja a él soñar. 
¿Es que puede alguien andar 
sin haber dormido un poco?
Tiene uno que estar loco, 
y vacía su cabeza, 
para no ver la belleza
de caer como una "roco".

Me disculpo si relato 
de manera un poco tosca, 
como "rosco" en vez de rosca, 
y no logro un buen retrato; 
es que yo, tan insensato, 
no he podido decir bien 
(Dios me ayude a mí. Amén) 
la razón que me conduce 
a poner lo que antes puse...
ya no tardo... un santiamén.

La razón del desvarío 
es la misma que me trajo 
a escribir con desparpajo 
los errores que antes "vío".
Esa misma, majo...tío, 
que me tiene a mi escribiendo, 
que lo tiene a usted leyendo, 
que me tiene a mi, por suerte, 
alejado de la muerte 
que me ha andado persiguiendo.

Y no más vacilaciones. 
Lo que pasa es muy sencillo: 
he sacado del bolsillo 
mis viejas anotaciones, 
tomé un par de decisiones, 
anoté varias tareas, 
vi mis fotos (ay qué feas), 
y saqué una conclusión 
que sale a continuación, 
porque usted ya cabecea.

Cabecea como yo. 
Pero tiene usted la dicha 
de contar diez "ovejichas" 
y con eso se durmió. 
¿Puedo hacer lo mismo? No.
Y con eso he de decir: 
Sólo queda concluir
que de mi ya no soy dueño. 
Es que tengo tanto sueño 
que no me deja dormir.

17/08/2015

Sueños de papel

Escrito a partir del tema "El sueño". Por Santiago.
 
 
 
- Último llamado para el vuelo 7509 con destino a la ciudad de París.
 
Corro tan rápido como lo permiten mis piernas. En el pasaje que sostiene mi mano derecha se lee encerrado entre un círculo hecho con lapicero “gate 34”. Con mi mano izquierda arrastro una maleta negra cuya agarradera me llega a las rodillas y tengo que agacharme para poderla jalar.
 
Los pantalones se me caen, ¡mierda! Se me quedó el cinturón en el control de pasajeros. Arrugo el pasaje de avión al tiempo que pego un pequeño salto y me subo el pantalón sin detener mi carrera.
 
-A continuación procederemos a cerrar las puertas. Gracias por preferir volar con nosotros.
 
Comienzo a sudar como un cerdo. No puede ser que todas estas carreras hayan sido para nada. ¡Tengo que alcanzar a montarme en ese avión!
 
27, 28, 29…Ya alcanzo a ver a las azafatas que comienzan a recoger papeles y organizar el stand de la puerta 34.
 
En solo unos segundos pasan por mi cabeza los últimos meses.
 
Señor Ricardo, usted ha sido el feliz ganador de nuestro concurso y recibirá un viaje todo pago a la ciudad de París. Allí podrá sentarse en la cafetería donde Ernest Hemingway escribió su primera novela. Recuerde tener su pasaporte y visa al día, nosotros le haremos llegar los tiquetes aéreos a su correo. ¡Felicitaciones!
 
Buenos días señor Ricardo, pase a la taquilla y cancele por favor el valor indicado en el recibo. Posterior a esto, puede reclamar su pasaporte dentro de una semana.
 
Qué pena señor Ricardo, su pasaporte aún no se encuentra listo, pero le prometo que para la otra semana se lo enviaremos a su casa sin ningún costo adicional. Deme por favor su dirección y un número de contacto.
 
Mijo, ¿ya empacó todo lo del viaje? Recuerde llevar bloqueador solar que las temperaturas por allá son muy altas y no quiero que me le vaya a dar un cáncer de piel. No se le olvide nada de aseo: cepillo de dientes, crema dental, desodorante, talco, loción…
 
Joven, el conductor del bus de adelante me dice que es un derrumbe y el trancón puede demorarse varias horas mientras liberan la vía. Si usted desea puedo dar la vuelta por el otro lado y estamos allá en 45 minutos, pero eso sí, le cobro otros veinte mil pesos.
 
Buenos días señor Ricardo. Le devuelvo su cédula y su pasaporte. Le voy a marcar su tiquete para que no se le olvide la puerta de embarque, es la 34. Feliz viaje y corra para que no se le vaya el avión.
32, 33…¡34!
 
-Buenos días…Yo viajo en este vuelo…Déjeme entrar por favor…
 
-Lo siento mucho joven, las puertas del avión ya se han cerrado y no podemos dejar embarcar a nadie más. Por favor diríjase a las oficinas de nuestra aerolínea para mirar qué se puede hacer, pero por lo que veo, su tiquete es de clase económica y en las políticas de nuestra empresa, estos tiquetes no son reembolsables.
 
-Pero usted no entiende, el concurso, las vueltas, el derrumbe, Hemingway…¡Mi sueño!
 
-Lo siento mucho, pero mientras unos sueñan, otros vuelan, así es la vida. Fue lo último que dijo la azafata antes de cerrar la puerta. Mientras tanto, el vuelo 7509 despegaba rumbo a París.

Sin darse cuenta

Escrito a partir del tema "La memoria". Por Sara.
 
 
 
Tal vez nos conocimos tarde, pero le prometí un “siempre” que se me salía por los ojos, le di toda la esperanza, la alegría prematura y los sueños que aparecían incluso antes de quedarme dormida cuando lo veía mirando al techo con los ojos perdidos.
 
Le di mis silencios, mis arpegios una y otra vez para que los aprendiera y algún día pudiera tocarlos conmigo. Los susurros en la cama los domingos por la tarde, llenos de palabras inentendibles acerca de lo bonito que sería el mar. Las caricias que sentía sin tocarlo y mi compañía todas las mañanas para que él tomara el tren.
 
Le juré todos los días que ninguna otra voz me enloquecería como la suya y que sus labios serían los únicos que se abrazarían con los míos, que solo en sus manos encontraría alivio y en sus ojos, que parecían cristal, la profundidad que a veces le hace falta a la vida misma.
 
Y aunque los años nos hicieran viejos yo seguiría saltando en los charcos y sacándole lágrimas por las cosquillas los sábados cuando se levantara tarde, para que por un momento él se sintiera medianamente feliz o por lo menos escuchara una carcajada. Yo seguiría bailando encima de la cama, intentando ser lo más diestra posible, y a pesar de mis arrugas, las sonrisas cerquita de la nuca no faltarían.
 
Vencí al tiempo, a las crisis de dinero, los gritos ahogados, las lágrimas sobre la almohada, los viajes fallidos y la alcancía vacía. A las horas sin hablar, la pronunciación equivocada de mi nombre, la cena fría y hasta las ganas de vivir una época distinta. Soporté los rumores de los vecinos, su amor/odio por nosotros y esa pregunta constante por mi felicidad en las reuniones familiares.
No importaba, éramos felices así nadie lo viera. Éramos felices, así cada día tuviese que recordarle que mi “para siempre” era a su lado, que las horas sin hablar no se hacían eternas, que no hacía falta conocer el mar… Éramos felices o yo era feliz, así tuviese que recordarme que él me amaba sin darse cuenta.

MeMoría

Escrito a partir del tema "La memoria". Por Natalia.
 
 
 
Vino la noche y me ofreció calor, juegos, sueños y éxtasis de amor. Me dijo que nos perdiéramos en besos de medianoche. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otras noches.
Vinieron unas manos y me ofrecieron confianza, cuentos y caricias y noches de danza. Me dijeron que juntáramos los espacios vanos. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otras manos. 
Vino la madrugada y me ofreció pasarla en vela, recuerdos, risas, arrugar la tela. Me dijo que la pasáramos juntas, despeinadas. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otras madrugadas.
Vinieron unos ojos y me ofrecieron largas miradas, brillo, palabras y promesas agitadas. Me dijeron que cumpliéramos todos mis antojos. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otros ojos.
Vino una carta y me ofreció poetas, citas, visitas y tinta violeta. Me dijo que nos acercáramos a lo que hoy se aparta. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otras cartas.
Vino una palabra y me ofreció la calma, gritos, pataleos y una nueva alma. Me dijo que nos fuéramos al camino que la felicidad labra. Y yo me moría por hacerlo, pero me acordaba de otras palabras.
Amiga querida, he decidido llamarla. A la que vive conmigo y se toma mi alma. Vive soñando en pasado, viviendo los minutos en recuerdos gratos, recuerdos que de cuerdos no tienen nada, pero que son la vida, la risa, la tranquilidad... La calma. Memoria que juega entre cables rotos, luces apagadas y rincones remotos. Me quedo sentada pensando con ella, recordando el sonido de risa que le da a los truenos y las estrellas. Entonces aquí quedo y quedo esperando. Heme aquí mientras siento que me voy alejando. Porque vino la vida y me ofreció un momento, un suspiro, una noche y un amor eterno. Me dijo la vida que nos fuéramos a vivirla. Y yo me moría por hacerlo, pero la memoria me obligaba a revivirla, me obligaba la memoria a detenerme en seco.

Reencuentro

Escrito a partir del tema "La memoria". Por Santiago.


Mi memoria muere lentamente
Con el transcurrir de los días,
Muere un canto, muere un recuerdo
Y poco a poco muere mi vida.

Mueren lamentos viejos de antaño,
Dejando atrás una silla vacía,
Muere el invierno y luego el verano
Y muere todo lo que no escriba.

Mueren los rostros que diario olvido
Y las promesas son incumplidas,
Amar parece que es prohibido
Cuando se borran las melodías.

Intento hallar entre mis memorias
Alguna  luz que me dé su brillo,
Pero no veo días de gloria,
Sólo tu ausencia y mi ser perdido.

Ya no recuerdo ni por qué canto,
Ya no recuerdo ni por qué escribo,
Si la memoria me ha abandonado
No sé por qué he de seguir vivo.

Que me recuerden si lo desean
Que para mí ya será lo mismo,
Ya no se escondan más, mis memorias,
Que nos veremos en el abismo.

Una palabra envuelta en la más ridícula historia.

Escrito a partir del tema "La memoria". Por Camilo.



¿Sabe? Dije una vez a una señora.
Obviando la pregunta que viniera, 
la bestia escupe, sin verme siquiera: 
¿Otra vez usted con la misma lora?

Sin lograr entender nada,
entro al juego despiadado. 
Miro a uno y otro lado.
Esta vieja desgraciada, 
orejona, descarada, 
carenalga, regordeta, 
utiliza una chancleta... 
recorriendo ésta el viento, 
raspó de un modo violento
el cuero de mi chaqueta.

¡Un momento! Dije yo.
No escuchó la muy idiota. 
Asumiendo la derrota 
como todo un señor, 
recordé algo peor:
¡Omitía mi cuestión!

Supe yo que era un momento
tan preciso como loco.
Intenté de nuevo un poco 
colocar mi interrogante 
oponiendo ella, al instante, 
piedras raudas, como flechas.

A pesar de lo que digan, 
reparada está la cosa.

Ayer nos vimos, y volví a preguntar.
La cosa volvía a empezar.
Advirtiendo su violencia
paciencia solicité.

Además sólo quería recordar una palabra.
La misma que a las letras
acomoda en vertical.
Babeando. Quedé igual.
Rumiando la palabrita...
Acro...acre...arco..

Me apresuré y pedí paciencia.
Escuche usted bella locata.
Me surgía una pregunta
ocurrente a la memoria.
Relaté pues mi inquietud...y ahora...

Increíble, ella me sopla....
"Acróstico"


20/07/2015

La sensación

Escrito a partir del tema "El calor". Por Camilo.



Ella salió de la nada. 
Cayó del cielo a mi mano, 
como al horno va el marrano. 
No fue lindo. Para nada. 
Pero quedó enamorada 
de las gafas que tenía. 
De saber que al otro día 
sería todo distinto, 
volvería a aquel recinto 
y hasta ciego me pondría.

Y es que tal fue mi sorpresa 
cuando se me fue acercando 
con su lengua (ya babeando) 
y de pronto se confiesa: 
¿Y qué tal si usted me besa, 
mientras pasa este calor? 
Si hiciera usted el favor 
que hoy Domingo yo le pido 
-prometió la muy maldita- 
no me enojo si me quita 
la palabra... o el vestido. 

La mujer no me esperó, 
de verdad no le importaba 
si estas gafas contestaban, 
ahí mismo me besó...
y después lo que pasó 
no me lo van a creer.
Fue tan grande mi placer 
al probar aquellos labios, 
que olvidé los desagravios 
de la babeante mujer.

Alcancé hasta a imaginar 
que la gran temperatura 
que acechaba la aventura 
sólo se iba a agrandar. 
No dejaba de pensar 
(ya conocen mi talante, 
el humor es lo importante)
que el calor de la mujer 
podía venir de comer 
una sopa muy picante.

Pero nada más errado. 
Fue su beso el que ganó.
Y todo se me olvidó.
El sabor más delicado 
que un humano haya tomado, 
el olor más delicioso, 
el jadeo peligroso, 
y los ojos que se cierran 
y las manos que se enredan, 
y ese círculo besoso.

Y la sal por los poritos, 
las goticas en la frente, 
las miradas de la gente, 
los osados cariñitos, 
los deseos que un escrito 
no permite revelar. 
El calor que al empezar, 
parecía un enemigo,
ahora junta un par de ombligos 
en el baño del lugar.

Y la astucia acalorada 
recordó aquella promesa. 
Y ya soy yo quien confiesa 
con las manos empapadas, 
con la vida emocionada: 
¿Qué tal si permite usted 
proponer que nuestra sed 
la calmemos con más besos? 
Démonos muchos de esos.
¿Qué decís, vuesa merced?

Toda ella respondió 
con un solo movimiento.
Uno rápido, uno lento...
Y la noche se encargó 
de decir lo que calló 
la pareja sofocante. 
Fuimos más que dos amantes, 
fuimos agua, sol, y ducha, 
fuimos paz y fuimos lucha, 
fuimos dos besos andantes.

La mañana calurosa 
(mucho menos que la noche) 
la vio partir en su coche 
tan besante, tan besosa, 
tan amante, tan hermosa, 
tan ligera, tan divina, 
te besa... luego camina. 
Se acabó la temporal 
noche, dejando un final 
que ya dio vuelta a la esquina.

Lo que queda es reflexivo. 
La razón de aquel amor 
fue menos digna de honor. 
Porque fue muy primitivo 
y tal vez hasta excesivo 
el manejo de mi historia. 
Quedarán en la memoria 
los besos tan infinitos, 
la promesa que, lo admito, 
resultó premonitoria, 

los sudores que cambiamos 
enroscados una en uno, 
las palabras que ninguno 
pensó mientras nos besamos, 
las manos con que jugamos 
a encontrar el corazón, 
el sudor que, con razón, 
se devuelve a sus poritos. 
Esos ojos. Tan bonitos. 
El calor. La sensación.

12/07/2015

Un recuerdo que mata

Escrito a partir del tema "El calor". Por Santiago.



Era imposible dormir así. La ventana estaba abierta pero las cortinas no se movían y el vallenato que sonaba al frente acentuaba aún más la sensación de bochorno.

Qué rico una cerveza –pensaba-. Qué rico una playa; qué rico una finca con piscina. Qué rico que no fuera martes. Qué rico un aire acondicionado, o al menos un ventilador de techo; pero uno silencioso, esos aparatos hacen mucha bulla y no dejan dormir. Aunque quién sabe, el reloj de la pared también hace ruido toda la noche y eso nunca me ha impedido quedarme profundo. Pensándolo bien, el ruido del ventilador tal vez podría arrullarme y hacerme olvidar del vallenato del frente. ¿Qué estaba pensando? ¡Ah, sí! Qué rico sería tomar cerveza en la playa. Hoy no voy a dormir.

Daba vueltas intentando encontrar algún resquicio en la cama que todavía conservara algo de frío, pero el cuerpo ya había rodado por todo el escenario, llevándose consigo cualquier sensación de frescura que de allí pudiese tomar. La cabeza se llenaba de pensamientos incoherentes que se sucedían uno a uno pero no terminaban de tomar forma. Parecía más como si la mente estuviera recalentada y un cortocircuito, generado entre algún par de neuronas, hubiera causado la fuga de aquel remolino de imágenes. Los recuerdos del día se mezclaban con dragones escupiendo fuego, la sopa del almuerzo le hacía arder la lengua y sentir resequedad en la boca, la pijama se le pegaba al cuerpo y le oprimía el pecho, haciendo que cada vez fuera más difícil respirar. Comenzaba a sentir el olor a húmedo invadiendo su cuarto. “Es imposible, tiene que estar en mi mente. No puede ser que en serio huela a sudor”.

Abrió los ojos (convencido de que sería peor) para mirar el reloj: 23:43. Veinte minutos perdidos. Adiós camiseta y pantalón. Las noches tan calurosas ameritan la desnudez, pero por respeto a su familia conservaría el bóxer puesto. Siempre tuvo un miedo terrible a quedarse dormido y ser descubierto al otro día, cuando entraran a despertarlo, explayado en el piso frío y sin nada cubriendo al menos su virilidad.

“¡Uff, qué vallenato!... Es tan deprimente renunciaaaaar, pero ya tomé la decisióooooon…”

Lo despertó el sonido del celular vibrando contra el nochero. ¡Mierda! 23:58. Abrió los ojos sin el más mínimo vestigio de aquel sueño que comenzaba a  dominarlo. No podía creer que hubiera olvidado desactivar los datos. Allí se había ido su mejor oportunidad para conciliar el sueño, y lo peor de todo, era que al parecer la rumba del frente entraba en la parte guapachosa.

Sin pensarlo mucho se paró de la cama y haciendo el menor ruido posible abrió el closet, tomó un pantalón blanco de lino, una guayabera y unas sandalias. Fue a la nevera por un six-pack y se fue a la casa de los vecinos. “Si no puedes vencer al calor, únetele”.

 ¿Alguien sabe dónde está Ramiro? No podemos empezar la reunión sin su informe.

Pero nadie podría saber dónde estaba, porque esta vez no había olvidado apagar su celular y ahora por fin podía dormir.

De blanco a amarillo

Escrito a partir del tema "El calor". Por Sara.
 
 
 
Benji, el niño vendedor del diario, gritaba llorando la noticia, estaba confirmado, ésta era la oleada de calor más arrasadora de la última década. El pequeño pueblo debía preparase para las consecuencias de la sequía.
 
Los dueños de los grandes cultivos de algodón entrarían en quiebra, así que deberían hacer largos viajes a la capital para negociar su mercancía a bajos precios, no tendrían con que pagarle a los trabajadores, despedirían a cientos de ellos.
 
Con los hombres de nuevo en las casas, las mujeres no podrían darse el lujo de seguir cosiendo ropa para sus hijos o inventando nuevos platos para la cena, tendrían que salir a prestar sus servicios de cocineras y costureras en los hogares de los más adinerados y recorrer trayectos eternos a pie limpio, lo que les ocasionaría juanetes y mal humor.
 
Así, las noches de gospel de los jueves, de las cuales las mujeres eran las protagonistas, se volverían espacios de desahogo a su llanto y a las notas quebradas y desafinadas; las canciones ya no tendrían melodías felices ni irían acompañadas de panderetas o panderos.
 
Los artesanos de dichos instrumentos tendrían que venderlos en otros lugares y tal vez hasta mudarse de pueblo, para uno que alabara a Dios con cantos llenos de gozo. Los habitantes caerían en una inmensa desgracia, económica, emocional y espiritual. Y así estaba a punto de pasar, si no fuese por la  ocurrencia de uno de estos artesanos que pudo ver en el calor tan sofocante, la salida a todos los problemas.
 
Este hombre escuchó en los lamentos de las mujeres, una “melodía azul” que convirtió en un ritmo diferente, al pandero le puso cuerdas y lo convirtió en un banjo. Las mujeres cantaban a la par de éste y los hombres se unieron a una sola voz.
 
Tal entusiasmo alcanzó los rincones de las casas y los oídos de los patrones, éstos se volvieron más optimistas, no todo podía estar perdido si la gente del pueblo seguía cantando. Después de varios intentos descubrieron que su suelo también era fértil para el maíz, los campos pasaron de blancos a amarillos en unos pocos meses.
 
Sin embargo, los ojos de Benji no habían secado; él no lloraba por la desgracia del pueblo, en el mundo de un niño, las quejas de los adultos son pan de cada día . Él lloraba porque Jules no volvería. Al fin y al cabo, en medio de una oleada de calor, no hace falta una vendedora de paraguas.

Soneto azul

Escrito a partir del tema "El calor". Por Natalia.


No se ha visto cosa más sofocante
que los rayos de sol de estos días
llenos de irónicas nubes sombrías
y tantas horas de calor constante.


Ya las gotas el cielo abandonaron
y viene en viento caliente la ausencia.
Ya las fuerzas de a poco se quemaron
y pide la piel caliente clemencia.


Soledad asoleada en camelos
que vuelven sonrisa el dolor interno.
Y si de algo sirviesen los desvelos,


confieso yo mi pensamiento eterno.
Que, sobre todos mis otros anhelos,
prefiero vivir los días de invierno.

jueves, 24 de marzo de 2016

Sólo hacía falta un jab

Todo bar tiene un Rogeiro, ese cliente que lleva más tiempo allí que los propios dueños, porque los bares pueden cambiar de dueño pero nunca de Rogeiro. Conoce cada ranura en el suelo, cada cuadro en la pared, cada mancha de sangre y vómito y su respectiva historia. Sabe cuántas y cuáles son las sillas que cojean, el contenido restante de las botellas de whisky y la cantidad de ratas que viven en el cuartico de atrás. Sabe quién vendrá los martes y quién los miércoles –porque los lunes el bar no abre, aunque eso no impide que él se encuentre allí-, casi siempre adivina quién estará los jueves, y el fin de semana, prefiere dejarse sorprender.

El Camelódromo –así se llama este bar- tiene tres mesas de billar y un pequeño rin de boxeo que no son más de 30 baldosas cubiertas por un tapete y encerradas por un cordón. También tiene un karaoke y una esquina destinada para los grupos que se atreven a tocar allí, siempre bajo su propio riesgo de ser atacados por botellas, escupas y tomates. Sí, lo de los tomates es un cliché, pero los dueños actuales disfrutan de los borrachos destrozando los instrumentos y el autoestima de los muchachos, así que dejan los frutos rojos (sí, los tomates son frutas así no se coman en un salpicón) sobre las mesas más cercanas al escenario.

Rogeiro, sin embargo, nunca ha jugado billar. Tampoco ha cantado en el karaoke o lanzado un solo tomate. Es más, nunca nadie lo ha visto fuera de su silla en la barra, ni siquiera para levantarse a orinar, no importa cuantas cervezas y whisky llegue a tomar en una noche.

Yo sí he jugado billar por muchos años, pero como Rogeiro, tampoco me atrevo a subirme al escenario o hacer karaoke; tantos años de cigarrillo y licor me han dejado una voz aterradora, lo que nunca me ha preocupado, pues hace mucho decidí ser escritor y un escritor no necesita voz. Mejor dicho, un escritor no necesita una voz audible, sólo legible.

También he boxeado, y hasta hoy no había perdido una sola pelea en este bar. No sé qué pasó, tal vez me están alcanzando los años o me jugó una mala pasada el azar. En realidad sí sé, fueron las ganas de bajarle la fanfarronería a ese idiota lo que me cegó y me costó la pelea. Planteó el combate en un plano mental con su tabaco y sus zapatos de traje, y yo como un niño caí en su provocación. Pero cómo no caer si además dejó de pelear para coquetear con Hellen. Ahí fue cuando le estripé el cigarro contra los labios de un derechazo para que volviera a la pelea, y él volvió, pero yo ya me había ido.


-          ¡Un whisky doble!

-          Qué pasó papá, ¿se me volvió viejo?

-          Ahora no Rogeiro, espere a que me tome el primero.

-          Nunca lo habían noqueado de esa manera. Su esquinero salió hace un momento diciendo que se demoró unos buenos minutos para despertar…

-          ¡Ahora no dije! – grité al tiempo que golpeaba la barra con los puños.

-          ¡Ja! Ahora entiendo…No son los años, son los celos. Mire Ernie, todas las noches es lo mismo. No importa que usted gane todas las peleas, ella siempre va y se acuesta con el otro boxeador. Quién sabe, a lo mejor le gustan los perdedores y esta noche se va con usted.

-          Ya era hora que llegara ese whisky. Si se va a demorar tanto con cada uno puede ir trayéndome el siguiente. Mire Rogeiro, deje de hablar estupideces que usted sabe que ella ya se fue con ese pseudo-boxeador. La única manera que había para que se fuera conmigo era demostrándole que no había nadie mejor que yo, pero eso después de hoy ya no va a ser posible ¿cierto?

-          ¿Pero el mejor en qué? Si fuera el mejor en boxeo ya se lo habría llevado a la cama hace rato, ¿no será que a usted le falta ser el mejor en otra cosa?

Rogeiro me miró a los ojos fijamente y cada vez sentía más deseo de golpearle. El segundo whisky llegó entonces. Lo tomé en silencio con la mirada clavada en el vaso. Luego tomé el tercero, cuarto y quinto, y entonces me levanté y dejé un billete en la barra.

-          Vaya haga lo que tiene que hacer Ernie, al fin y al cabo no siempre se trata de ser el mejor.
Tomé mi chaqueta y tomé un taxi, unos minutos después llegaba a la casa de Hellen mientras veía a Tommy Oddie tambaleando por el barrio. El pobre diablo llevaba como siempre su libreta en una mano y un vaso de whisky en la otra.

Ya era de mañana y la puerta estaba abierta,  entré y subí directo al cuarto de Hellen.

-          ¿Qué estás haciendo aquí? – gritó ella al verme.

El mocoso salió de la cama con ese aire de superioridad que lo caracterizaba, y de nuevo, un cigarro en la boca.


-Mira viejo, lo mejor será que te vayas. Estás borracho y no queremos que vayas a sufrir un accidente…

Esta vez el cigarro no se quedó en sus labios sino que entró de lleno hasta su garganta. El derechazo  lo dejó tendido al lado de la cama, inconciente, igual que unas horas atrás había quedado yo por culpa de la misma zorra


-          Muy bien, y ahora qué, ¿me vas a golpear a mí tamb…

¡Bum! El ojo se le puso morado inmediatamente, y eso que sólo había sido un jab corto. Hellen me miró en silencio unos segundos antes de abalanzarse sobre mí. Hicimos el amor de manera salvaje, caímos de la cama y seguimos haciéndolo al lado del desmayado. Ella lo miraba y se reía sin parar de cabalgarme y yo no entendía por qué había mujeres en el mundo que les gustaba ser golpeadas, pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Dos horas estuvimos en esa faena y el jovenzuelo no se levantó en todo ese tiempo, no porque siguiera inconciente sino porque la herida al orgullo era tan profunda que hubiera sido mejor para él estar muerto. Fue Hellen la que me contó eso cuando nos vimos aquella noche en el bar, lo había escuchado de su propia boca.


-          Entonces, Ernie, ¿era eso lo único que hacía falta?

-          Así es mi querido Rogeiro, lo único que hacía falta eran un par de nalgadas y un jab.

[Texto inspirado por el cuento Clase de Charles Bukowski y Tommy Oddie del blog Edad del sol]