Escrito a partir del tema "El calor". Por Sara.
Benji, el niño vendedor del diario, gritaba llorando la noticia, estaba confirmado, ésta era la oleada de calor más arrasadora de la última década. El pequeño pueblo debía preparase para las consecuencias de la sequía.
Los dueños de los grandes cultivos de algodón entrarían en quiebra, así que deberían hacer largos viajes a la capital para negociar su mercancía a bajos precios, no tendrían con que pagarle a los trabajadores, despedirían a cientos de ellos.
Con los hombres de nuevo en las casas, las mujeres no podrían darse el lujo de seguir cosiendo ropa para sus hijos o inventando nuevos platos para la cena, tendrían que salir a prestar sus servicios de cocineras y costureras en los hogares de los más adinerados y recorrer trayectos eternos a pie limpio, lo que les ocasionaría juanetes y mal humor.
Así, las noches de gospel de los jueves, de las cuales las mujeres eran las protagonistas, se volverían espacios de desahogo a su llanto y a las notas quebradas y desafinadas; las canciones ya no tendrían melodías felices ni irían acompañadas de panderetas o panderos.
Los artesanos de dichos instrumentos tendrían que venderlos en otros lugares y tal vez hasta mudarse de pueblo, para uno que alabara a Dios con cantos llenos de gozo. Los habitantes caerían en una inmensa desgracia, económica, emocional y espiritual. Y así estaba a punto de pasar, si no fuese por la ocurrencia de uno de estos artesanos que pudo ver en el calor tan sofocante, la salida a todos los problemas.
Este hombre escuchó en los lamentos de las mujeres, una “melodía azul” que convirtió en un ritmo diferente, al pandero le puso cuerdas y lo convirtió en un banjo. Las mujeres cantaban a la par de éste y los hombres se unieron a una sola voz.
Tal entusiasmo alcanzó los rincones de las casas y los oídos de los patrones, éstos se volvieron más optimistas, no todo podía estar perdido si la gente del pueblo seguía cantando. Después de varios intentos descubrieron que su suelo también era fértil para el maíz, los campos pasaron de blancos a amarillos en unos pocos meses.
Sin embargo, los ojos de Benji no habían secado; él no lloraba por la desgracia del pueblo, en el mundo de un niño, las quejas de los adultos son pan de cada día . Él lloraba porque Jules no volvería. Al fin y al cabo, en medio de una oleada de calor, no hace falta una vendedora de paraguas.
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