lunes, 22 de febrero de 2016

Un mal sueño (texto a partir del cuento Mala Suerte de Antón Chéjov)

Corrió tan rápido como se lo permitieron sus pies. Corrió, corrió y corrió, hasta que le faltó el aire y todo empezó a tornarse blanco. Entonces se plantó frente a la pared de un edificio antiguo y encorvó el cuerpo para adelante, apoyando su peso sobre la mano derecha y reposando la izquierda sobre la rodilla.

Había recorrido unas ocho cuadras sin detenerse, sin mirar si se atravesaban carros en su camino, o perros o personas o lo que fuera, y planeaba correr todavía unas cuantas más, pero sus piernas empezaban a temblar de manera incontrolable y sentía como si se fuera a desplomar en cualquier momento.

Unos minutos después había recuperado el aliento, pero la cordura no la recuperó. Los colores del mundo habían cambiado, cada sonido tenía un timbre nuevo para sus oídos; cada olor, cada sensación, el sabor de su propio sudor…Todo había adquirido un nuevo significado.

-Así deben sentirse los que se enfrentan a la muerte y salen victoriosos- dijo jadeando en voz alta con la intención de escucharse y confirmar que aquello no era un sueño. De verdad había escapado.
Mientras tanto, en la casa de la abandonada, su madre todavía lloraba, más por el dolor del error cometido que por la golpiza de su marido:

- ¡Estuvimos a esto mujer, a esto! ¿Cómo puede ser alguien tan torpe para equivocarse así? – entonces un nuevo golpe se estrellaba contra la pared, porque Sergeich sabía que estaba en todo su derecho al golpear a su esposa cuando cometía ese tipo de idioteces, pero como era noble de corazón, no le gustaba abusar de su poder, y luego de aplicarle a ella las medidas correctivas necesarias, se deshacía los puños contra su muro de las lamentaciones, que poco a poco ya empezaba a agrietarse.

Recuperado el aliento, decidió seguir la carrera sin perder más tiempo, no fuera que hubieran salido tras él cuando dejó la puerta abierta. Sería un descaro tentar así a la suerte, entonces tomó un respiro profundo y se preparó para arrancar, pero no había llegado a la mitad de la calle cuando un carro lo levantó del suelo y lo envió un par de metros hacia adelante. Antes de caer ya había perdido el conocimiento, y soñó.

Soñó con la escena anterior a su carrera, con el momento exacto en que Sergeich entraba con su mujer y lo bendecían en matrimonio con su hija. Soñó con el cuadro que había presentado la señora y se rió en su sueño porque no podía creer su buena suerte. Según las tradiciones de su tierra, aquella bendición junto con la imagen era sagrada e irrevocable, pero solo aplicaba si la imagen era la correcta. Aquel retrato que le presentaron, en cambio, no significaba nada para él.

-Mira mamá, está sonriendo, va a despertar pronto.

Esa voz… El sueño comenzó de nuevo, pero esta vez la imagen era la correcta.

-¿Qué le pasa? ¿Le duele algo? ¡Mira cómo se le ha transformado el semblante!

De pronto todo se volvió una pesadilla. Esa voz, esa voz se le metía en el cuerpo y ahora veía miles de réplicas de la imagen a su alrededor. Se imaginó viejo, sentado en una mecedora frente a un sembrado de maíz, lamentándose en silencio por la vida que había perdido al tener que casarse con aquella mujer cuando todavía era joven y tenía tanto por vivir. Tengo que abrir los ojos, tengo que despertar, tengo que despertar…

-¡Mira, mira! ¡Está volviendo en sí!

Al abrir los ojos se encontró con el cuadro que sentenciaría el resto de sus días. Frente a él estaban la damisela, Sergei y su esposa, quien llevaba en esta ocasión la imagen correcta en sus manos.

-¿Qué está pasando? – preguntó.

-¿Qué crees tontito?, te has roto una pierna, pero mi padre es el mejor cirujano del pueblo y dentro de poco tiempo podrás caminar otra vez. No te preocupes, yo estaré aquí para cuidarte todos los días, pero debo advertírtelo, nunca más podrás volver a correr.



domingo, 21 de febrero de 2016

El segundo piso

Escrito a partir del cuento "Mala suerte" de Anton Chéjov. Por Natalia.




Con barba blanca, ojos vivaces y un cuerpo lleno de historias vividas e inventadas, estaba sentado y no movía un pelo más que para acomodarse las gafas o beber de su trago cada tanto, ya era para él suficiente movimiento con los osados atrevimientos que el joven inseguro, en la casa del frente, daba a la bella muchacha que vivía allí desde que era niña. En una casa de columnas bajas, muebles antiguos, cruces sobre las camas, padres moderados y conductas reprimidas. La sola risa de la muchacha, frente a los ojos de sus padres inocente, lo hacía morirse a carcajadas sobre su silla, y después ponía la mirada sobre el joven que se batía entre besarle la mano o guardar su formal aspecto de hombre juicioso y profesional. No sabía a dónde mirar primero. El joven de pantalón a cuadros, trataba de encender, nervioso, una cerilla, y él podría haber jurado que era para no verle los ojos a aquella señorita que, de tanto encantarle, empezaba a darle miedo y a ponerle las manos sudorosas, como se veía perfectamente desde su ventana, en el segundo piso de la casa vecina. De repente, oyó una puerta abrirse y cerrarse y, acto seguido, vio entrando a la habitación a los padres de la joven. Ahora la cosa se ponía interesante. Se veían joviales, como siempre pretendían serlo cuando salían de casa y se los cruzaba en la acera, y mientras más abrían ellos los brazos, más pasos disimulados daba el de pantalón a cuadros hacia atrás. Y, como si no hubiera habido tiempo para que la historia durara más, en un abrir y cerrar de ojos, la madre se fue y volvió, y el joven aprovechó la mirada de reproche del señor a su esposa, para salir corriendo. Ahí quedó la muchacha con la mano extendida y una sola lágrima saliendo de sus ojos, una lágrima que se veía desde el segundo piso de la casa vecina, su padre anonadado y furioso, y su madre con un gran cuadro en las manos sin saber qué hacer. Y él… Bueno, él seguía riendo mientras se paraba a anotar lo que acababa de ver en la última página de su libro de cuentos de Anton Chéjov, que no dejaba tocar de nadie, para algún día contar la historia a alguien a quien le gustara su voz, y pensaba en la divertida obra de teatro que de ahí iba a sacar.