Con barba blanca, ojos vivaces y
un cuerpo lleno de historias vividas e inventadas, estaba sentado y no movía un
pelo más que para acomodarse las gafas o beber de su trago cada tanto, ya era
para él suficiente movimiento con los osados atrevimientos que el joven
inseguro, en la casa del frente, daba a la bella muchacha que vivía allí desde
que era niña. En una casa de columnas bajas, muebles antiguos, cruces sobre las
camas, padres moderados y conductas reprimidas. La sola risa de la muchacha,
frente a los ojos de sus padres inocente, lo hacía morirse a carcajadas sobre
su silla, y después ponía la mirada sobre el joven que se batía entre besarle
la mano o guardar su formal aspecto de hombre juicioso y profesional. No sabía
a dónde mirar primero. El joven de pantalón a cuadros, trataba de encender,
nervioso, una cerilla, y él podría haber jurado que era para no verle los ojos
a aquella señorita que, de tanto encantarle, empezaba a darle miedo y a ponerle
las manos sudorosas, como se veía perfectamente desde su ventana, en el segundo
piso de la casa vecina. De repente, oyó una puerta abrirse y cerrarse y, acto
seguido, vio entrando a la habitación a los padres de la joven. Ahora la cosa
se ponía interesante. Se veían joviales, como siempre pretendían serlo cuando
salían de casa y se los cruzaba en la acera, y mientras más abrían ellos los
brazos, más pasos disimulados daba el de pantalón a cuadros hacia atrás. Y,
como si no hubiera habido tiempo para que la historia durara más, en un abrir y
cerrar de ojos, la madre se fue y volvió, y el joven aprovechó la mirada de
reproche del señor a su esposa, para salir corriendo. Ahí quedó la muchacha con
la mano extendida y una sola lágrima saliendo de sus ojos, una lágrima que se veía
desde el segundo piso de la casa vecina, su padre anonadado y furioso, y su
madre con un gran cuadro en las manos sin saber qué hacer. Y él… Bueno, él
seguía riendo mientras se paraba a anotar lo que acababa de ver en la última
página de su libro de cuentos de Anton Chéjov, que no dejaba tocar de nadie,
para algún día contar la historia a alguien a quien le gustara su voz, y pensaba
en la divertida obra de teatro que de ahí iba a sacar.
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