domingo, 21 de febrero de 2016

El segundo piso

Escrito a partir del cuento "Mala suerte" de Anton Chéjov. Por Natalia.




Con barba blanca, ojos vivaces y un cuerpo lleno de historias vividas e inventadas, estaba sentado y no movía un pelo más que para acomodarse las gafas o beber de su trago cada tanto, ya era para él suficiente movimiento con los osados atrevimientos que el joven inseguro, en la casa del frente, daba a la bella muchacha que vivía allí desde que era niña. En una casa de columnas bajas, muebles antiguos, cruces sobre las camas, padres moderados y conductas reprimidas. La sola risa de la muchacha, frente a los ojos de sus padres inocente, lo hacía morirse a carcajadas sobre su silla, y después ponía la mirada sobre el joven que se batía entre besarle la mano o guardar su formal aspecto de hombre juicioso y profesional. No sabía a dónde mirar primero. El joven de pantalón a cuadros, trataba de encender, nervioso, una cerilla, y él podría haber jurado que era para no verle los ojos a aquella señorita que, de tanto encantarle, empezaba a darle miedo y a ponerle las manos sudorosas, como se veía perfectamente desde su ventana, en el segundo piso de la casa vecina. De repente, oyó una puerta abrirse y cerrarse y, acto seguido, vio entrando a la habitación a los padres de la joven. Ahora la cosa se ponía interesante. Se veían joviales, como siempre pretendían serlo cuando salían de casa y se los cruzaba en la acera, y mientras más abrían ellos los brazos, más pasos disimulados daba el de pantalón a cuadros hacia atrás. Y, como si no hubiera habido tiempo para que la historia durara más, en un abrir y cerrar de ojos, la madre se fue y volvió, y el joven aprovechó la mirada de reproche del señor a su esposa, para salir corriendo. Ahí quedó la muchacha con la mano extendida y una sola lágrima saliendo de sus ojos, una lágrima que se veía desde el segundo piso de la casa vecina, su padre anonadado y furioso, y su madre con un gran cuadro en las manos sin saber qué hacer. Y él… Bueno, él seguía riendo mientras se paraba a anotar lo que acababa de ver en la última página de su libro de cuentos de Anton Chéjov, que no dejaba tocar de nadie, para algún día contar la historia a alguien a quien le gustara su voz, y pensaba en la divertida obra de teatro que de ahí iba a sacar.

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