viernes, 13 de noviembre de 2015

Cuidado con el Color (Experimento)

Nudo de scout en las cuerdas del habla. El músculo cardíaco a ritmo de semifusas. Efecto desenfoque alrededor de ese sujeto. Silencio rotundo interrumpido por una única voz. Ojos color diamante encandilando al resto. Gotas sofocantes por las líneas de la mano, un leve temblor por la esquina de los labios. Las pupilas como lunas a mitad de ciclo, se reflejan en otras que atraviesan el espacio. Se mecen y se gozan de los miedos y del tiempo, y se hablan con silencios que orquestan sus juramentos. Alrededor, nada se mueve, nada transpira, nada existe. Como en un túnel la visión se centra únicamente en seguir la luz. No son conscientes de lo que viene, no se percatan de su llegada. Poco a poco, sin ser muy obvio, el blanco y negro toma color.

Y parece haber soledad y presencia al mismo tiempo. Lo único cierto ahora es la vida, que, amenazando con caerse, recuerda a cada latido que sigue ahí. Los labios, dudosos, empiezan a dibujar una sonrisa. Es casi imperceptible dentro de tanta oscuridad, es casi invisible dentro de tanta distancia; pero es suficiente como para que el pequeño rayo de luz la alcance a iluminar. Una sonrisa increíble, formada de a poco, y que nunca nadie en el mundo iba a poder repetir. Perfecta, como nada que ya existiera. Los labios, antes temblorosos, comienzan a separarse lentamente también, como si fueran ellos los que estuvieran viendo la oscuridad convertida en color. Como si supieran, como extraños agoreros, que las palabras son la única salvación. Es ya hora de romper el silencio… Es hora ya de romper el silencio. Ojos nublados de repente por las lágrimas. La voz no sale. La voz no es capaz de salir.

Se desesperan las manos; los ojos no paran de girar, han mirado todo el desorden del momento. ¿Cómo llegamos aquí? No se reconoce nada. El silencio es la única compañía, tan irrompible como siempre. La sonrisa se ha ido borrando, lenta y decididamente, mientras los labios, incontrolables, no pueden juntarse por más que se acerquen. Son como imanes repeliéndose. Ya no se es dueño de ningún movimiento, parece que el destino condujera a otra cosa, a otro mundo. Las sonrisas pequeñas son rostros angustiados, bañados en las lágrimas más infantiles, ese llanto desesperado y sincero de una caída cualquiera.

Se elevan, flotan y se separan. Queda el olor… siempre quedará el olor. Nada hay tan fuerte como su olor, olor a amor efímero, pronto, intenso y traicioneramente adictivo. El silencio es la única compañía. Ahora llegan otros dos, con las ilusiones nuevas, y leen (como lo hicieron antes todos) el cartel colgado de la primera nube: 


“Cuidado con el color, es sólo negro disfrazado”

1-10/11/2015


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