Y parece haber soledad y presencia al mismo tiempo. Lo único cierto ahora es la vida, que, amenazando con caerse, recuerda a cada latido que sigue ahí. Los labios, dudosos, empiezan a dibujar una sonrisa. Es casi imperceptible dentro de tanta oscuridad, es casi invisible dentro de tanta distancia; pero es suficiente como para que el pequeño rayo de luz la alcance a iluminar. Una sonrisa increíble, formada de a poco, y que nunca nadie en el mundo iba a poder repetir. Perfecta, como nada que ya existiera. Los labios, antes temblorosos, comienzan a separarse lentamente también, como si fueran ellos los que estuvieran viendo la oscuridad convertida en color. Como si supieran, como extraños agoreros, que las palabras son la única salvación. Es ya hora de romper el silencio… Es hora ya de romper el silencio. Ojos nublados de repente por las lágrimas. La voz no sale. La voz no es capaz de salir.
Se desesperan las manos; los ojos no paran de girar, han mirado todo el desorden del momento. ¿Cómo llegamos aquí? No se reconoce nada. El silencio es la única compañía, tan irrompible como siempre. La sonrisa se ha ido borrando, lenta y decididamente, mientras los labios, incontrolables, no pueden juntarse por más que se acerquen. Son como imanes repeliéndose. Ya no se es dueño de ningún movimiento, parece que el destino condujera a otra cosa, a otro mundo. Las sonrisas pequeñas son rostros angustiados, bañados en las lágrimas más infantiles, ese llanto desesperado y sincero de una caída cualquiera.
Se elevan, flotan y se separan. Queda el olor… siempre quedará el olor. Nada hay tan fuerte como su olor, olor a amor efímero, pronto, intenso y traicioneramente adictivo. El silencio es la única compañía. Ahora llegan otros dos, con las ilusiones nuevas, y leen (como lo hicieron antes todos) el cartel colgado de la primera nube:

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