domingo, 3 de abril de 2016

La llegada soñada

Escrito a partir del tema "El sueño". Por Natalia.
 
 
 
El pequeño Juan, acostado en su cama, tenía los ojos bien abiertos. Ya no era tan pequeño como antes, un año había hecho grandes cambios en él, tenía el pelo más cerca al suelo y la cabeza más cerca al cielo, no usaba ya sus gafas y podría decirse, si se le hacía caso a sus tías, que tenía los labios un poquito más rojos. Era un niño en un cuerpo de joven.
 
Había pasado la noche entera despierto, estaba ansioso. Sabía perfectamente que ese era el día en que llegaba el hombre que hacía mantenimiento a las campanas de la iglesia una vez al año. Pero Juan no lo esperaba a él, estaba esperando a Alena, su hija. Aquella niña con el pelo castaño que siempre usaba su cinta en el pelo. Sus amigos de la escuela supieron que esa niña de ojos grandes le había gustado desde la primera vez que la había visto sentada en las escaleras de la iglesia esperando a su padre cinco años atrás. Él no les hacía caso, los ignoraba porque ellos decían que le había gustado, pero no, no era así, él la había querido.
 
En vela toda la noche porque cada año, los doce meses se hacían más largos. No es que hubiera querido, simplemente no podía dormir pensando en cuál flor exactamente cortarle para regalársela, en qué camino tomar para llegar más rápido a la iglesia a verla y en qué canción ir cantando mientras la pensaba. Desesperado por oír la voz de su madre, esta por fin sonó y más se demoró ella en llamarlo que él en estar dentro de la ducha. Media hora después estaba peinado, perfumado y vestido con su camisa azul a cuadros y su pantalón negro azabache.
 
Salió con una sonrisa más grande que la luna llena de su noche en vela, caminando más rápido de lo que podía controlar. Juan era el chico más bueno del pueblo, todos lo querían porque no dejaba de reír y darle una mano al que lo necesitara. Como a la mujer de la tienda de verduras, la primera que lo saludó, o el dueño del teatro, que siempre lo invitaba a conocer a los actores que llegaban de otros lugares. Pero hoy sus buenos modales le iban a jugar una mala pasada. Sin haber pasado diez minutos de haber salido, oyó llorar a Javi, el hermano menor de su mejor amigo. Se decidió a pasar sin hacerle caso… hasta que oyó el sonido hacerse más fuerte. Alzando al cielo los ojos, como reprendiéndose por no poder ignorarlo, se devolvió y se sentó a su lado a preguntarle qué le pasaba. Como respuesta, el niño le señaló el suelo donde había caído su helado de fresa. Viendo que sus palabras de consuelo no servían, Juan sacó algunas de las pocas monedas que tenía en su bolsillo y cruzó la calle para regalarle uno nuevo. Cuando, como por arte de magia, el llanto del niño se fue, Juan siguió su camino caminando más rápido.
 
Ya iba más adelante, no se dio cuenta en qué momento caminó tanto, iba muy distraído pensando en la sonrisa de Alena, que pocas veces se animaba a mostrar sus dientes. Pensando en cómo se iba a reír con el girasol que él le iba a regalar…  ¡El girasol! Paró en seco. ¡Lo había olvidado por completo! Por suerte, no se había adelantado mucho de la casa de la Señora Rosario, quien tenía el jardín más grande del pueblo, lleno de girasoles, cada uno más grande que otro. Se devolvió rápidamente, a esa hora la Señora Rosario no debía estar en su casa, sino visitando a su esposo en el hospital, así que tomaría la flor sin preguntar. Se agachó con cuidado de no ensuciar su pantalón y con el mismo cuidado agarró el tallo del girasol más amarillo que encontró. Iba a hacer fuerza para sacarla de la tierra y escuchó un ruido fuerte, algo así como una puerta cerrándose de golpe. Con temerosa lentitud, alzó su mirada y trató de tapar con sus manos la flor recién arrancada, todo para encontrarse con la mirada amenazadora de la Señora Rosario, que no le dio tiempo para pensar antes de gritarle, ni él le dio a ella tiempo de moverse antes de echar a correr. Juan nunca había corrido tan rápido y al mismo tiempo con tanto cuidado en su vida, quería escapar pero no quería echar a perder el girasol. Preocupado, escuchó ladridos de perros tras él, ahora ya podía estar perdido, o eso pensó hasta que llegó a una calle en la que podía voltear, sin pensarlo dos veces volteó y se quedó pegado a la pared respirando agitado hasta que sintió los perros pasar de largo. Estaba a salvo, pero se había atrasado en su camino.
 
Tomó aire para volver a correr y llegó hasta la esquina en donde había acordado encontrarse con su madre. Ahí la vio parada. Feliz, supo que encontrarse con ella quería decir que la próxima parada era la iglesia, y allí, esperando paciente, iba a estar Alena. Juan tomó la mano de su madre anheloso, y sintiendo cómo su corazón se aceleraba, emprendió camino con ella. Ahora empezaba a sentir ese cosquilleo en el estómago que siente uno cuando quiere alargar más los momentos felices. Cuando estaban a sólo una cuadra, apretó más la mano de su madre… pero la apretó mucho más fuerte cuando ella volteó a la izquierda, desviándose, y lo llevó con ella. “Debó ir a comprar una nueva tela para las faldas”, fueron las palabras que le dieron ganas de tirarse al suelo a llorar. Veinte minutos más y el padre de Alena saldría a descansar y se la llevaría al café de la montaña a tomar algo, y él llegaría a ver sólo sus sombras alejándose. De mala gana, acompañó a su madre, no sin apurarla cada vez que pudo, y si no hubiera sido por una confusión de monedas y billetes, hubiesen sido cinco minutos menos con el señor del algodón.
 
Pero finalmente, llegaba a la iglesia, con una mano en la mano de su madre, y otra en el tallo del girasol, ya veía al padre de Alena en lo alto escondido dentro de las inmensas campanas. Estaba a tan sólo metros de la niña bajita de pelo liso, cinta blanca, vestido verde y ojos de avellana grandes; con la que había soñado despierto por tantos días haciendo la cuenta regresiva. Estaba cansado, pero feliz. Subió las escaleras pero no la vio, tenía que estar dentro y su madre lo sabía, porque hacia allí se dirigió. Adentro estaban sus amigos de la escuela, que sabían perfectamente por qué estaba él allí. Quería cerrar los ojos para soprenderse más cuando la tuviera cerca…
 
Cuando Juan y su madre llegaron a las primeras bancas de la iglesia, tuvieron en frente a una pequeña niña, que olía a lugares lejanos y hermosos.
 
“Mírala Juan, ahí está, es ella. Salúdala” dijo su madre, y lo repitió unas dos veces. Pero cuando la madre de Juan, sin oír respuesta, volteó la cabeza, vio primero un girasol caído en el suelo y después a su pequeño hijo con los ojos cerrados, dormido profundamente, como quien ha pasado la noche entera sin dormir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario