domingo, 3 de abril de 2016

Un recuerdo que mata

Escrito a partir del tema "El calor". Por Santiago.



Era imposible dormir así. La ventana estaba abierta pero las cortinas no se movían y el vallenato que sonaba al frente acentuaba aún más la sensación de bochorno.

Qué rico una cerveza –pensaba-. Qué rico una playa; qué rico una finca con piscina. Qué rico que no fuera martes. Qué rico un aire acondicionado, o al menos un ventilador de techo; pero uno silencioso, esos aparatos hacen mucha bulla y no dejan dormir. Aunque quién sabe, el reloj de la pared también hace ruido toda la noche y eso nunca me ha impedido quedarme profundo. Pensándolo bien, el ruido del ventilador tal vez podría arrullarme y hacerme olvidar del vallenato del frente. ¿Qué estaba pensando? ¡Ah, sí! Qué rico sería tomar cerveza en la playa. Hoy no voy a dormir.

Daba vueltas intentando encontrar algún resquicio en la cama que todavía conservara algo de frío, pero el cuerpo ya había rodado por todo el escenario, llevándose consigo cualquier sensación de frescura que de allí pudiese tomar. La cabeza se llenaba de pensamientos incoherentes que se sucedían uno a uno pero no terminaban de tomar forma. Parecía más como si la mente estuviera recalentada y un cortocircuito, generado entre algún par de neuronas, hubiera causado la fuga de aquel remolino de imágenes. Los recuerdos del día se mezclaban con dragones escupiendo fuego, la sopa del almuerzo le hacía arder la lengua y sentir resequedad en la boca, la pijama se le pegaba al cuerpo y le oprimía el pecho, haciendo que cada vez fuera más difícil respirar. Comenzaba a sentir el olor a húmedo invadiendo su cuarto. “Es imposible, tiene que estar en mi mente. No puede ser que en serio huela a sudor”.

Abrió los ojos (convencido de que sería peor) para mirar el reloj: 23:43. Veinte minutos perdidos. Adiós camiseta y pantalón. Las noches tan calurosas ameritan la desnudez, pero por respeto a su familia conservaría el bóxer puesto. Siempre tuvo un miedo terrible a quedarse dormido y ser descubierto al otro día, cuando entraran a despertarlo, explayado en el piso frío y sin nada cubriendo al menos su virilidad.

“¡Uff, qué vallenato!... Es tan deprimente renunciaaaaar, pero ya tomé la decisióooooon…”

Lo despertó el sonido del celular vibrando contra el nochero. ¡Mierda! 23:58. Abrió los ojos sin el más mínimo vestigio de aquel sueño que comenzaba a  dominarlo. No podía creer que hubiera olvidado desactivar los datos. Allí se había ido su mejor oportunidad para conciliar el sueño, y lo peor de todo, era que al parecer la rumba del frente entraba en la parte guapachosa.

Sin pensarlo mucho se paró de la cama y haciendo el menor ruido posible abrió el closet, tomó un pantalón blanco de lino, una guayabera y unas sandalias. Fue a la nevera por un six-pack y se fue a la casa de los vecinos. “Si no puedes vencer al calor, únetele”.

 ¿Alguien sabe dónde está Ramiro? No podemos empezar la reunión sin su informe.

Pero nadie podría saber dónde estaba, porque esta vez no había olvidado apagar su celular y ahora por fin podía dormir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario