jueves, 24 de marzo de 2016

Sólo hacía falta un jab

Todo bar tiene un Rogeiro, ese cliente que lleva más tiempo allí que los propios dueños, porque los bares pueden cambiar de dueño pero nunca de Rogeiro. Conoce cada ranura en el suelo, cada cuadro en la pared, cada mancha de sangre y vómito y su respectiva historia. Sabe cuántas y cuáles son las sillas que cojean, el contenido restante de las botellas de whisky y la cantidad de ratas que viven en el cuartico de atrás. Sabe quién vendrá los martes y quién los miércoles –porque los lunes el bar no abre, aunque eso no impide que él se encuentre allí-, casi siempre adivina quién estará los jueves, y el fin de semana, prefiere dejarse sorprender.

El Camelódromo –así se llama este bar- tiene tres mesas de billar y un pequeño rin de boxeo que no son más de 30 baldosas cubiertas por un tapete y encerradas por un cordón. También tiene un karaoke y una esquina destinada para los grupos que se atreven a tocar allí, siempre bajo su propio riesgo de ser atacados por botellas, escupas y tomates. Sí, lo de los tomates es un cliché, pero los dueños actuales disfrutan de los borrachos destrozando los instrumentos y el autoestima de los muchachos, así que dejan los frutos rojos (sí, los tomates son frutas así no se coman en un salpicón) sobre las mesas más cercanas al escenario.

Rogeiro, sin embargo, nunca ha jugado billar. Tampoco ha cantado en el karaoke o lanzado un solo tomate. Es más, nunca nadie lo ha visto fuera de su silla en la barra, ni siquiera para levantarse a orinar, no importa cuantas cervezas y whisky llegue a tomar en una noche.

Yo sí he jugado billar por muchos años, pero como Rogeiro, tampoco me atrevo a subirme al escenario o hacer karaoke; tantos años de cigarrillo y licor me han dejado una voz aterradora, lo que nunca me ha preocupado, pues hace mucho decidí ser escritor y un escritor no necesita voz. Mejor dicho, un escritor no necesita una voz audible, sólo legible.

También he boxeado, y hasta hoy no había perdido una sola pelea en este bar. No sé qué pasó, tal vez me están alcanzando los años o me jugó una mala pasada el azar. En realidad sí sé, fueron las ganas de bajarle la fanfarronería a ese idiota lo que me cegó y me costó la pelea. Planteó el combate en un plano mental con su tabaco y sus zapatos de traje, y yo como un niño caí en su provocación. Pero cómo no caer si además dejó de pelear para coquetear con Hellen. Ahí fue cuando le estripé el cigarro contra los labios de un derechazo para que volviera a la pelea, y él volvió, pero yo ya me había ido.


-          ¡Un whisky doble!

-          Qué pasó papá, ¿se me volvió viejo?

-          Ahora no Rogeiro, espere a que me tome el primero.

-          Nunca lo habían noqueado de esa manera. Su esquinero salió hace un momento diciendo que se demoró unos buenos minutos para despertar…

-          ¡Ahora no dije! – grité al tiempo que golpeaba la barra con los puños.

-          ¡Ja! Ahora entiendo…No son los años, son los celos. Mire Ernie, todas las noches es lo mismo. No importa que usted gane todas las peleas, ella siempre va y se acuesta con el otro boxeador. Quién sabe, a lo mejor le gustan los perdedores y esta noche se va con usted.

-          Ya era hora que llegara ese whisky. Si se va a demorar tanto con cada uno puede ir trayéndome el siguiente. Mire Rogeiro, deje de hablar estupideces que usted sabe que ella ya se fue con ese pseudo-boxeador. La única manera que había para que se fuera conmigo era demostrándole que no había nadie mejor que yo, pero eso después de hoy ya no va a ser posible ¿cierto?

-          ¿Pero el mejor en qué? Si fuera el mejor en boxeo ya se lo habría llevado a la cama hace rato, ¿no será que a usted le falta ser el mejor en otra cosa?

Rogeiro me miró a los ojos fijamente y cada vez sentía más deseo de golpearle. El segundo whisky llegó entonces. Lo tomé en silencio con la mirada clavada en el vaso. Luego tomé el tercero, cuarto y quinto, y entonces me levanté y dejé un billete en la barra.

-          Vaya haga lo que tiene que hacer Ernie, al fin y al cabo no siempre se trata de ser el mejor.
Tomé mi chaqueta y tomé un taxi, unos minutos después llegaba a la casa de Hellen mientras veía a Tommy Oddie tambaleando por el barrio. El pobre diablo llevaba como siempre su libreta en una mano y un vaso de whisky en la otra.

Ya era de mañana y la puerta estaba abierta,  entré y subí directo al cuarto de Hellen.

-          ¿Qué estás haciendo aquí? – gritó ella al verme.

El mocoso salió de la cama con ese aire de superioridad que lo caracterizaba, y de nuevo, un cigarro en la boca.


-Mira viejo, lo mejor será que te vayas. Estás borracho y no queremos que vayas a sufrir un accidente…

Esta vez el cigarro no se quedó en sus labios sino que entró de lleno hasta su garganta. El derechazo  lo dejó tendido al lado de la cama, inconciente, igual que unas horas atrás había quedado yo por culpa de la misma zorra


-          Muy bien, y ahora qué, ¿me vas a golpear a mí tamb…

¡Bum! El ojo se le puso morado inmediatamente, y eso que sólo había sido un jab corto. Hellen me miró en silencio unos segundos antes de abalanzarse sobre mí. Hicimos el amor de manera salvaje, caímos de la cama y seguimos haciéndolo al lado del desmayado. Ella lo miraba y se reía sin parar de cabalgarme y yo no entendía por qué había mujeres en el mundo que les gustaba ser golpeadas, pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Dos horas estuvimos en esa faena y el jovenzuelo no se levantó en todo ese tiempo, no porque siguiera inconciente sino porque la herida al orgullo era tan profunda que hubiera sido mejor para él estar muerto. Fue Hellen la que me contó eso cuando nos vimos aquella noche en el bar, lo había escuchado de su propia boca.


-          Entonces, Ernie, ¿era eso lo único que hacía falta?

-          Así es mi querido Rogeiro, lo único que hacía falta eran un par de nalgadas y un jab.

[Texto inspirado por el cuento Clase de Charles Bukowski y Tommy Oddie del blog Edad del sol]

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