domingo, 3 de abril de 2016

La sensación

Escrito a partir del tema "El calor". Por Camilo.



Ella salió de la nada. 
Cayó del cielo a mi mano, 
como al horno va el marrano. 
No fue lindo. Para nada. 
Pero quedó enamorada 
de las gafas que tenía. 
De saber que al otro día 
sería todo distinto, 
volvería a aquel recinto 
y hasta ciego me pondría.

Y es que tal fue mi sorpresa 
cuando se me fue acercando 
con su lengua (ya babeando) 
y de pronto se confiesa: 
¿Y qué tal si usted me besa, 
mientras pasa este calor? 
Si hiciera usted el favor 
que hoy Domingo yo le pido 
-prometió la muy maldita- 
no me enojo si me quita 
la palabra... o el vestido. 

La mujer no me esperó, 
de verdad no le importaba 
si estas gafas contestaban, 
ahí mismo me besó...
y después lo que pasó 
no me lo van a creer.
Fue tan grande mi placer 
al probar aquellos labios, 
que olvidé los desagravios 
de la babeante mujer.

Alcancé hasta a imaginar 
que la gran temperatura 
que acechaba la aventura 
sólo se iba a agrandar. 
No dejaba de pensar 
(ya conocen mi talante, 
el humor es lo importante)
que el calor de la mujer 
podía venir de comer 
una sopa muy picante.

Pero nada más errado. 
Fue su beso el que ganó.
Y todo se me olvidó.
El sabor más delicado 
que un humano haya tomado, 
el olor más delicioso, 
el jadeo peligroso, 
y los ojos que se cierran 
y las manos que se enredan, 
y ese círculo besoso.

Y la sal por los poritos, 
las goticas en la frente, 
las miradas de la gente, 
los osados cariñitos, 
los deseos que un escrito 
no permite revelar. 
El calor que al empezar, 
parecía un enemigo,
ahora junta un par de ombligos 
en el baño del lugar.

Y la astucia acalorada 
recordó aquella promesa. 
Y ya soy yo quien confiesa 
con las manos empapadas, 
con la vida emocionada: 
¿Qué tal si permite usted 
proponer que nuestra sed 
la calmemos con más besos? 
Démonos muchos de esos.
¿Qué decís, vuesa merced?

Toda ella respondió 
con un solo movimiento.
Uno rápido, uno lento...
Y la noche se encargó 
de decir lo que calló 
la pareja sofocante. 
Fuimos más que dos amantes, 
fuimos agua, sol, y ducha, 
fuimos paz y fuimos lucha, 
fuimos dos besos andantes.

La mañana calurosa 
(mucho menos que la noche) 
la vio partir en su coche 
tan besante, tan besosa, 
tan amante, tan hermosa, 
tan ligera, tan divina, 
te besa... luego camina. 
Se acabó la temporal 
noche, dejando un final 
que ya dio vuelta a la esquina.

Lo que queda es reflexivo. 
La razón de aquel amor 
fue menos digna de honor. 
Porque fue muy primitivo 
y tal vez hasta excesivo 
el manejo de mi historia. 
Quedarán en la memoria 
los besos tan infinitos, 
la promesa que, lo admito, 
resultó premonitoria, 

los sudores que cambiamos 
enroscados una en uno, 
las palabras que ninguno 
pensó mientras nos besamos, 
las manos con que jugamos 
a encontrar el corazón, 
el sudor que, con razón, 
se devuelve a sus poritos. 
Esos ojos. Tan bonitos. 
El calor. La sensación.

12/07/2015

Un recuerdo que mata

Escrito a partir del tema "El calor". Por Santiago.



Era imposible dormir así. La ventana estaba abierta pero las cortinas no se movían y el vallenato que sonaba al frente acentuaba aún más la sensación de bochorno.

Qué rico una cerveza –pensaba-. Qué rico una playa; qué rico una finca con piscina. Qué rico que no fuera martes. Qué rico un aire acondicionado, o al menos un ventilador de techo; pero uno silencioso, esos aparatos hacen mucha bulla y no dejan dormir. Aunque quién sabe, el reloj de la pared también hace ruido toda la noche y eso nunca me ha impedido quedarme profundo. Pensándolo bien, el ruido del ventilador tal vez podría arrullarme y hacerme olvidar del vallenato del frente. ¿Qué estaba pensando? ¡Ah, sí! Qué rico sería tomar cerveza en la playa. Hoy no voy a dormir.

Daba vueltas intentando encontrar algún resquicio en la cama que todavía conservara algo de frío, pero el cuerpo ya había rodado por todo el escenario, llevándose consigo cualquier sensación de frescura que de allí pudiese tomar. La cabeza se llenaba de pensamientos incoherentes que se sucedían uno a uno pero no terminaban de tomar forma. Parecía más como si la mente estuviera recalentada y un cortocircuito, generado entre algún par de neuronas, hubiera causado la fuga de aquel remolino de imágenes. Los recuerdos del día se mezclaban con dragones escupiendo fuego, la sopa del almuerzo le hacía arder la lengua y sentir resequedad en la boca, la pijama se le pegaba al cuerpo y le oprimía el pecho, haciendo que cada vez fuera más difícil respirar. Comenzaba a sentir el olor a húmedo invadiendo su cuarto. “Es imposible, tiene que estar en mi mente. No puede ser que en serio huela a sudor”.

Abrió los ojos (convencido de que sería peor) para mirar el reloj: 23:43. Veinte minutos perdidos. Adiós camiseta y pantalón. Las noches tan calurosas ameritan la desnudez, pero por respeto a su familia conservaría el bóxer puesto. Siempre tuvo un miedo terrible a quedarse dormido y ser descubierto al otro día, cuando entraran a despertarlo, explayado en el piso frío y sin nada cubriendo al menos su virilidad.

“¡Uff, qué vallenato!... Es tan deprimente renunciaaaaar, pero ya tomé la decisióooooon…”

Lo despertó el sonido del celular vibrando contra el nochero. ¡Mierda! 23:58. Abrió los ojos sin el más mínimo vestigio de aquel sueño que comenzaba a  dominarlo. No podía creer que hubiera olvidado desactivar los datos. Allí se había ido su mejor oportunidad para conciliar el sueño, y lo peor de todo, era que al parecer la rumba del frente entraba en la parte guapachosa.

Sin pensarlo mucho se paró de la cama y haciendo el menor ruido posible abrió el closet, tomó un pantalón blanco de lino, una guayabera y unas sandalias. Fue a la nevera por un six-pack y se fue a la casa de los vecinos. “Si no puedes vencer al calor, únetele”.

 ¿Alguien sabe dónde está Ramiro? No podemos empezar la reunión sin su informe.

Pero nadie podría saber dónde estaba, porque esta vez no había olvidado apagar su celular y ahora por fin podía dormir.

De blanco a amarillo

Escrito a partir del tema "El calor". Por Sara.
 
 
 
Benji, el niño vendedor del diario, gritaba llorando la noticia, estaba confirmado, ésta era la oleada de calor más arrasadora de la última década. El pequeño pueblo debía preparase para las consecuencias de la sequía.
 
Los dueños de los grandes cultivos de algodón entrarían en quiebra, así que deberían hacer largos viajes a la capital para negociar su mercancía a bajos precios, no tendrían con que pagarle a los trabajadores, despedirían a cientos de ellos.
 
Con los hombres de nuevo en las casas, las mujeres no podrían darse el lujo de seguir cosiendo ropa para sus hijos o inventando nuevos platos para la cena, tendrían que salir a prestar sus servicios de cocineras y costureras en los hogares de los más adinerados y recorrer trayectos eternos a pie limpio, lo que les ocasionaría juanetes y mal humor.
 
Así, las noches de gospel de los jueves, de las cuales las mujeres eran las protagonistas, se volverían espacios de desahogo a su llanto y a las notas quebradas y desafinadas; las canciones ya no tendrían melodías felices ni irían acompañadas de panderetas o panderos.
 
Los artesanos de dichos instrumentos tendrían que venderlos en otros lugares y tal vez hasta mudarse de pueblo, para uno que alabara a Dios con cantos llenos de gozo. Los habitantes caerían en una inmensa desgracia, económica, emocional y espiritual. Y así estaba a punto de pasar, si no fuese por la  ocurrencia de uno de estos artesanos que pudo ver en el calor tan sofocante, la salida a todos los problemas.
 
Este hombre escuchó en los lamentos de las mujeres, una “melodía azul” que convirtió en un ritmo diferente, al pandero le puso cuerdas y lo convirtió en un banjo. Las mujeres cantaban a la par de éste y los hombres se unieron a una sola voz.
 
Tal entusiasmo alcanzó los rincones de las casas y los oídos de los patrones, éstos se volvieron más optimistas, no todo podía estar perdido si la gente del pueblo seguía cantando. Después de varios intentos descubrieron que su suelo también era fértil para el maíz, los campos pasaron de blancos a amarillos en unos pocos meses.
 
Sin embargo, los ojos de Benji no habían secado; él no lloraba por la desgracia del pueblo, en el mundo de un niño, las quejas de los adultos son pan de cada día . Él lloraba porque Jules no volvería. Al fin y al cabo, en medio de una oleada de calor, no hace falta una vendedora de paraguas.

Soneto azul

Escrito a partir del tema "El calor". Por Natalia.


No se ha visto cosa más sofocante
que los rayos de sol de estos días
llenos de irónicas nubes sombrías
y tantas horas de calor constante.


Ya las gotas el cielo abandonaron
y viene en viento caliente la ausencia.
Ya las fuerzas de a poco se quemaron
y pide la piel caliente clemencia.


Soledad asoleada en camelos
que vuelven sonrisa el dolor interno.
Y si de algo sirviesen los desvelos,


confieso yo mi pensamiento eterno.
Que, sobre todos mis otros anhelos,
prefiero vivir los días de invierno.

jueves, 24 de marzo de 2016

Sólo hacía falta un jab

Todo bar tiene un Rogeiro, ese cliente que lleva más tiempo allí que los propios dueños, porque los bares pueden cambiar de dueño pero nunca de Rogeiro. Conoce cada ranura en el suelo, cada cuadro en la pared, cada mancha de sangre y vómito y su respectiva historia. Sabe cuántas y cuáles son las sillas que cojean, el contenido restante de las botellas de whisky y la cantidad de ratas que viven en el cuartico de atrás. Sabe quién vendrá los martes y quién los miércoles –porque los lunes el bar no abre, aunque eso no impide que él se encuentre allí-, casi siempre adivina quién estará los jueves, y el fin de semana, prefiere dejarse sorprender.

El Camelódromo –así se llama este bar- tiene tres mesas de billar y un pequeño rin de boxeo que no son más de 30 baldosas cubiertas por un tapete y encerradas por un cordón. También tiene un karaoke y una esquina destinada para los grupos que se atreven a tocar allí, siempre bajo su propio riesgo de ser atacados por botellas, escupas y tomates. Sí, lo de los tomates es un cliché, pero los dueños actuales disfrutan de los borrachos destrozando los instrumentos y el autoestima de los muchachos, así que dejan los frutos rojos (sí, los tomates son frutas así no se coman en un salpicón) sobre las mesas más cercanas al escenario.

Rogeiro, sin embargo, nunca ha jugado billar. Tampoco ha cantado en el karaoke o lanzado un solo tomate. Es más, nunca nadie lo ha visto fuera de su silla en la barra, ni siquiera para levantarse a orinar, no importa cuantas cervezas y whisky llegue a tomar en una noche.

Yo sí he jugado billar por muchos años, pero como Rogeiro, tampoco me atrevo a subirme al escenario o hacer karaoke; tantos años de cigarrillo y licor me han dejado una voz aterradora, lo que nunca me ha preocupado, pues hace mucho decidí ser escritor y un escritor no necesita voz. Mejor dicho, un escritor no necesita una voz audible, sólo legible.

También he boxeado, y hasta hoy no había perdido una sola pelea en este bar. No sé qué pasó, tal vez me están alcanzando los años o me jugó una mala pasada el azar. En realidad sí sé, fueron las ganas de bajarle la fanfarronería a ese idiota lo que me cegó y me costó la pelea. Planteó el combate en un plano mental con su tabaco y sus zapatos de traje, y yo como un niño caí en su provocación. Pero cómo no caer si además dejó de pelear para coquetear con Hellen. Ahí fue cuando le estripé el cigarro contra los labios de un derechazo para que volviera a la pelea, y él volvió, pero yo ya me había ido.


-          ¡Un whisky doble!

-          Qué pasó papá, ¿se me volvió viejo?

-          Ahora no Rogeiro, espere a que me tome el primero.

-          Nunca lo habían noqueado de esa manera. Su esquinero salió hace un momento diciendo que se demoró unos buenos minutos para despertar…

-          ¡Ahora no dije! – grité al tiempo que golpeaba la barra con los puños.

-          ¡Ja! Ahora entiendo…No son los años, son los celos. Mire Ernie, todas las noches es lo mismo. No importa que usted gane todas las peleas, ella siempre va y se acuesta con el otro boxeador. Quién sabe, a lo mejor le gustan los perdedores y esta noche se va con usted.

-          Ya era hora que llegara ese whisky. Si se va a demorar tanto con cada uno puede ir trayéndome el siguiente. Mire Rogeiro, deje de hablar estupideces que usted sabe que ella ya se fue con ese pseudo-boxeador. La única manera que había para que se fuera conmigo era demostrándole que no había nadie mejor que yo, pero eso después de hoy ya no va a ser posible ¿cierto?

-          ¿Pero el mejor en qué? Si fuera el mejor en boxeo ya se lo habría llevado a la cama hace rato, ¿no será que a usted le falta ser el mejor en otra cosa?

Rogeiro me miró a los ojos fijamente y cada vez sentía más deseo de golpearle. El segundo whisky llegó entonces. Lo tomé en silencio con la mirada clavada en el vaso. Luego tomé el tercero, cuarto y quinto, y entonces me levanté y dejé un billete en la barra.

-          Vaya haga lo que tiene que hacer Ernie, al fin y al cabo no siempre se trata de ser el mejor.
Tomé mi chaqueta y tomé un taxi, unos minutos después llegaba a la casa de Hellen mientras veía a Tommy Oddie tambaleando por el barrio. El pobre diablo llevaba como siempre su libreta en una mano y un vaso de whisky en la otra.

Ya era de mañana y la puerta estaba abierta,  entré y subí directo al cuarto de Hellen.

-          ¿Qué estás haciendo aquí? – gritó ella al verme.

El mocoso salió de la cama con ese aire de superioridad que lo caracterizaba, y de nuevo, un cigarro en la boca.


-Mira viejo, lo mejor será que te vayas. Estás borracho y no queremos que vayas a sufrir un accidente…

Esta vez el cigarro no se quedó en sus labios sino que entró de lleno hasta su garganta. El derechazo  lo dejó tendido al lado de la cama, inconciente, igual que unas horas atrás había quedado yo por culpa de la misma zorra


-          Muy bien, y ahora qué, ¿me vas a golpear a mí tamb…

¡Bum! El ojo se le puso morado inmediatamente, y eso que sólo había sido un jab corto. Hellen me miró en silencio unos segundos antes de abalanzarse sobre mí. Hicimos el amor de manera salvaje, caímos de la cama y seguimos haciéndolo al lado del desmayado. Ella lo miraba y se reía sin parar de cabalgarme y yo no entendía por qué había mujeres en el mundo que les gustaba ser golpeadas, pero al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Dos horas estuvimos en esa faena y el jovenzuelo no se levantó en todo ese tiempo, no porque siguiera inconciente sino porque la herida al orgullo era tan profunda que hubiera sido mejor para él estar muerto. Fue Hellen la que me contó eso cuando nos vimos aquella noche en el bar, lo había escuchado de su propia boca.


-          Entonces, Ernie, ¿era eso lo único que hacía falta?

-          Así es mi querido Rogeiro, lo único que hacía falta eran un par de nalgadas y un jab.

[Texto inspirado por el cuento Clase de Charles Bukowski y Tommy Oddie del blog Edad del sol]

lunes, 22 de febrero de 2016

Un mal sueño (texto a partir del cuento Mala Suerte de Antón Chéjov)

Corrió tan rápido como se lo permitieron sus pies. Corrió, corrió y corrió, hasta que le faltó el aire y todo empezó a tornarse blanco. Entonces se plantó frente a la pared de un edificio antiguo y encorvó el cuerpo para adelante, apoyando su peso sobre la mano derecha y reposando la izquierda sobre la rodilla.

Había recorrido unas ocho cuadras sin detenerse, sin mirar si se atravesaban carros en su camino, o perros o personas o lo que fuera, y planeaba correr todavía unas cuantas más, pero sus piernas empezaban a temblar de manera incontrolable y sentía como si se fuera a desplomar en cualquier momento.

Unos minutos después había recuperado el aliento, pero la cordura no la recuperó. Los colores del mundo habían cambiado, cada sonido tenía un timbre nuevo para sus oídos; cada olor, cada sensación, el sabor de su propio sudor…Todo había adquirido un nuevo significado.

-Así deben sentirse los que se enfrentan a la muerte y salen victoriosos- dijo jadeando en voz alta con la intención de escucharse y confirmar que aquello no era un sueño. De verdad había escapado.
Mientras tanto, en la casa de la abandonada, su madre todavía lloraba, más por el dolor del error cometido que por la golpiza de su marido:

- ¡Estuvimos a esto mujer, a esto! ¿Cómo puede ser alguien tan torpe para equivocarse así? – entonces un nuevo golpe se estrellaba contra la pared, porque Sergeich sabía que estaba en todo su derecho al golpear a su esposa cuando cometía ese tipo de idioteces, pero como era noble de corazón, no le gustaba abusar de su poder, y luego de aplicarle a ella las medidas correctivas necesarias, se deshacía los puños contra su muro de las lamentaciones, que poco a poco ya empezaba a agrietarse.

Recuperado el aliento, decidió seguir la carrera sin perder más tiempo, no fuera que hubieran salido tras él cuando dejó la puerta abierta. Sería un descaro tentar así a la suerte, entonces tomó un respiro profundo y se preparó para arrancar, pero no había llegado a la mitad de la calle cuando un carro lo levantó del suelo y lo envió un par de metros hacia adelante. Antes de caer ya había perdido el conocimiento, y soñó.

Soñó con la escena anterior a su carrera, con el momento exacto en que Sergeich entraba con su mujer y lo bendecían en matrimonio con su hija. Soñó con el cuadro que había presentado la señora y se rió en su sueño porque no podía creer su buena suerte. Según las tradiciones de su tierra, aquella bendición junto con la imagen era sagrada e irrevocable, pero solo aplicaba si la imagen era la correcta. Aquel retrato que le presentaron, en cambio, no significaba nada para él.

-Mira mamá, está sonriendo, va a despertar pronto.

Esa voz… El sueño comenzó de nuevo, pero esta vez la imagen era la correcta.

-¿Qué le pasa? ¿Le duele algo? ¡Mira cómo se le ha transformado el semblante!

De pronto todo se volvió una pesadilla. Esa voz, esa voz se le metía en el cuerpo y ahora veía miles de réplicas de la imagen a su alrededor. Se imaginó viejo, sentado en una mecedora frente a un sembrado de maíz, lamentándose en silencio por la vida que había perdido al tener que casarse con aquella mujer cuando todavía era joven y tenía tanto por vivir. Tengo que abrir los ojos, tengo que despertar, tengo que despertar…

-¡Mira, mira! ¡Está volviendo en sí!

Al abrir los ojos se encontró con el cuadro que sentenciaría el resto de sus días. Frente a él estaban la damisela, Sergei y su esposa, quien llevaba en esta ocasión la imagen correcta en sus manos.

-¿Qué está pasando? – preguntó.

-¿Qué crees tontito?, te has roto una pierna, pero mi padre es el mejor cirujano del pueblo y dentro de poco tiempo podrás caminar otra vez. No te preocupes, yo estaré aquí para cuidarte todos los días, pero debo advertírtelo, nunca más podrás volver a correr.



domingo, 21 de febrero de 2016

El segundo piso

Escrito a partir del cuento "Mala suerte" de Anton Chéjov. Por Natalia.




Con barba blanca, ojos vivaces y un cuerpo lleno de historias vividas e inventadas, estaba sentado y no movía un pelo más que para acomodarse las gafas o beber de su trago cada tanto, ya era para él suficiente movimiento con los osados atrevimientos que el joven inseguro, en la casa del frente, daba a la bella muchacha que vivía allí desde que era niña. En una casa de columnas bajas, muebles antiguos, cruces sobre las camas, padres moderados y conductas reprimidas. La sola risa de la muchacha, frente a los ojos de sus padres inocente, lo hacía morirse a carcajadas sobre su silla, y después ponía la mirada sobre el joven que se batía entre besarle la mano o guardar su formal aspecto de hombre juicioso y profesional. No sabía a dónde mirar primero. El joven de pantalón a cuadros, trataba de encender, nervioso, una cerilla, y él podría haber jurado que era para no verle los ojos a aquella señorita que, de tanto encantarle, empezaba a darle miedo y a ponerle las manos sudorosas, como se veía perfectamente desde su ventana, en el segundo piso de la casa vecina. De repente, oyó una puerta abrirse y cerrarse y, acto seguido, vio entrando a la habitación a los padres de la joven. Ahora la cosa se ponía interesante. Se veían joviales, como siempre pretendían serlo cuando salían de casa y se los cruzaba en la acera, y mientras más abrían ellos los brazos, más pasos disimulados daba el de pantalón a cuadros hacia atrás. Y, como si no hubiera habido tiempo para que la historia durara más, en un abrir y cerrar de ojos, la madre se fue y volvió, y el joven aprovechó la mirada de reproche del señor a su esposa, para salir corriendo. Ahí quedó la muchacha con la mano extendida y una sola lágrima saliendo de sus ojos, una lágrima que se veía desde el segundo piso de la casa vecina, su padre anonadado y furioso, y su madre con un gran cuadro en las manos sin saber qué hacer. Y él… Bueno, él seguía riendo mientras se paraba a anotar lo que acababa de ver en la última página de su libro de cuentos de Anton Chéjov, que no dejaba tocar de nadie, para algún día contar la historia a alguien a quien le gustara su voz, y pensaba en la divertida obra de teatro que de ahí iba a sacar.